Cuento 2ª parte

Publicado: 26 marzo, 2007 en Relatos
Habíamos dejado a nuestros héroes recién llegados al Polo Norte. La historia continua:

En este gélido paisaje en el que el frío y la nieve lo cubrían todo, se encontraban nuestros héroes llevando a cabo especulaciones sobre amarillentos planos del taller del contento Papá Noel que se extendían sobre el suelo, que les servía de mesa improvisada. El frío comenzó a palidecer sus jetas y a amoratar sus labios. Finalmente, al elocuente Ruperto, el chico guapo, se le presentó lo que podría llegar  a ser el principio de un plan y tomó la palabra:

 

– Fácil, entro vestido de negro y con gafas de sol, me lío a tiros como en Matrix en el hall, desconecto las defensas, bombardeáis y me largo en un plis plas…

– No puedes hacer eso… – se apresuró a comentar Humberto, el chico listo.

 

El elocuente Ruperto preguntó con nerviosismo el por qué de tal manifestación, a lo que Humberto contestó con aires de superioridad:

 

– Porque estamos en 1995. Matrix todavía no se ha estrenado.

 

Rufus, la chica fornida, que escuchó perpleja esta decadente conversación, optó por dar un relajante paseo y buscar un apacible árbol en el que poder ahorcarse en paz. Pero, para su desgracia, en el Polo Norte no había árboles, aunque tropezó con lo que parecía ser un respiradero subterráneo que servía de entrada al taller del sonriente Papá Noel. Tan pronto como se dio cuenta de que no había forma humana de suicidarse en ese conducto de ventilación, se apresuró a informar a sus compañeros del hallazgo.

En cuestión de segundos estaban todos preparados para la primera incursión en territorio hostil. Sabían que probablemente no sobrevivirían, pues tenían constancia de las atrocidades que solía cometer el dulce Papá Noel con los intrusos. A pesar de esto, respiraron el aire fresco del exterior, se armaron de valor y se adentraron en el estrecho recoveco.

El ambiente dentro de aquella claustrofóbica galería escarbada en roca era putrefacto y el aire irrespirable. Mientras se iban adentrando en el conducto, la reducida luz de la abertura del paso subterráneo se extinguió. La oscuridad y el desaliento parecían dominarlo todo mientras se arrastraban por pasajes de tan luctuoso aspecto. Era como si los segundos se convirtieran en horas. Y estas se tornaban grises y oscuras cual alma torturada por un pasado corrupto. La voz de Rufus rompió el espectral silencio:

 

– ¿Habéis sincronizado vuestros relojes? ¿Y la munición?

– Seamos realistas, esto no puede funcionar. Y no quiero parecer pesimista, pero creo que vamos a morir antes de ver publicado este cuento.- Observó Humberto con voz temblorosa.

– No se ve nada.- Dijo Ruperto jactándose de su elocuencia.

– Al menos yo no necesito ver para orientarme… ¡OUCH!- Gimió Humberto, el chico listo- Ahí va la muela buena… Hemos llegado.

– Perímetro asegurado, todo el mundo abajo. Pasad a infrarrojos, nenes.- Ordenó Rufus.

– Un momento, ¿quién ha encendido la luz?- Habló un sorprendido y elocuente Ruperto.

 

En aquel instante, las luces se encendieron y revelaron una nave industrial de vastas dimensiones repleta de cadenas de montaje que funcionaban automáticamente y ensamblaban todo tipo de juguetes. También era de destacar la presencia de una variada remesa de abundantes enanos verdes que miraban con el ceño fruncido a los intrusos y presididos por el feliz Papá Noel, quien adoptó una postura similar al darse cuenta más tarde que ellos de la presencia de nuestros héroes.

En esto, al elocuente Ruperto no se le ocurrió otra cosa que decir:

 

– ¿Les disparo estilo mafia o tipo pelotón de ejecución?

 

Cuestión que dejó perplejos a sus compañeros y enfureció a los enanos, que se abalanzaron sobre ellos con perversas intenciones. Lo único que se atrevió a pronunciar Rufus, la chica fornida, fue:

 

– Por suerte siempre llevo encima mis quince kilitos de dinamita.

 

Segundos más tarde, una explosión barría el lugar de feos enanos y los intercambiaba por pegajosas manchas verdes que cubrían las paredes. El felizote Papá Noel sacudió el polvo a su traje escarlata, se colocó cuidadosamente sus Ray- Ban oscuras y dijo desafiante:

 

– Se acabó el carbón, nenes.- Acto seguido, desenfundó dos ametralladoras de asalto, cada una en un brazo y abrió fuego sobre nuestros héroes, que no tardaron en responder a sus agresiones de forma disuasoria.

 

La estancia se inundó de metralla, la situación era insostenible:

 

– ¡Estamos recibiendo a base de bien!- Exclamó Rufus mientras vaciaba el cargador de sendas armas sobre el contentillo Papá Noel, sin causarle ningún daño aparente.

– ¡Venid conmigo si no queréis acabar convertidos en pettit-suis.- Apresuróse a decir Humberto, el chico listo, mientras saltaba sobre algunos escombros en dirección al umbral de la puerta.

 

Los monjes salieron al exterior. Fuera hacía frío y las altas nieves retrasaban su avance. Detrás de ellos se oía el rumor de unas grandes botas, pero no miraban hacia atrás, estaban demasiado asustados. Tan solo Rufus, la chica fornida, fijando la vista hacia un punto del horizonte, fue capaz de pronunciar unas palabras:

 

– ¡Moveos! Más adelante veo un cobertizo, nos refugiaremos allí.
No os perdáis la tercera y última parte.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s