Cuento Final

Publicado: 1 abril, 2007 en Relatos
Aquí tenéis por fin el desenlace, espero que os guste.

– ¡Moveos! Más adelante veo un cobertizo, nos refugiaremos allí.

 

Pero la distancia que les separaba de la instalación era demasiado extensa y Papá Noel alcanzó a Humberto en el trayecto. Este, en una secreción excesiva de adrenalina, se alzó sobre su depredador asestándole un mordisco en la yugular al grito de:

 

– ¡Quiero tu sangre! En nombre de Su Santidad, ¡vete al infierno! ¡Te voy a comer todo el buyuyu!

 

Este acto de heroísmo les proporcionó el tiempo suficiente para alcanzar su meta e hirió el orgullo del afable Papá Noel. Nada más entrar Humberto, el chico listo, Rufus cerró con impaciencia la puerta del cobertizo de un estruendoso portazo. Se encontraban en el interior de una tosca estructura levantada en madera. Aparentemente el lugar no había sido visitado en algún tiempo, prueba de ello eran las numerosas telas de araña y la espesa capa de polvo que cubría todos los rincones. El cobertizo estaba compuesto por una sola habitación y estaba repleto de todo tipo de herramientas que, probablemente, el amable Papá Noel habría desechado hacía ya tiempo. El siempre elocuente Ruperto, chico guapo, se asomó por la única ventana del lugar y no encontró rastro del generoso Papá Noel. Los tres monjes Arribistas Judeo-Masónicos comenzaron a inspeccionar el lugar en busca de algún arma de fuego, explosivo o cualquier artefacto de hacer pupa. Estaban dispuestos a mandar al garete a la logia y al pringao del Reverendo con tal de salir con vida de allí.

De improviso, nuestros héroes detuvieron sus actividades y escudriñaron atentamente los sonidos que les rodeaban… no estaban seguros de si lo que habían sentido era real o producto de sus macabras mentes:

 

– ¡Kathoom!- Esta vez se escuchó más claramente. Humberto, el chico listo, llamó la atención de sus compañeros y señaló directamente a un recipiente lleno de líquido:

– ¡Kathoom!- el líquido se estremeció.

– ¡Kathoom!- el recipiente cayó al suelo desperdigándose el líquido en todas direcciones…

 

El grupo se dirigió a la ventana y lo que vieron les quitó el habla. Una kilométrica masa verde de enanos visiblemente cabreados se acercaba hacia ellos, caminando al unísono y dirigidos por un opulento y carismático Papá Noel, que montaba orgulloso un lustroso reno de dientes de sable y nariz brillante, y cabalgaba de un lado a otro del ejército enano dando un convincente discurso a sus verdosas tropas.

Por supuesto, se encontraban a demasiada distancia como para escuchar con claridad sus palabras…

 

– … 105, 106, 107, 108, 109. Son ciento nueve contra tres. ¿Pedimos algunos refuerzos?- dijo Rufus, la chica fornida.

– ¡Nah! No sería tan divertido…- contestó el elocuente Ruperto.

– ¿Y a quién pediríamos refuerzos, inútiles?- les replicó Humberto, el chico listo.

– ¿Lleváis bazooka?- preguntó Rufus, la chica fornida. La respuesta fue negativa.- ¿Misiles antitanque?- Los dos monjes negaron con la cabeza. El elocuente Ruperto, el chico guapo, hurgó en el interior de su bolsa de viaje y comentó:

– ¿Te sirve una bomba de fragmentación?…

 

Momentos después, una hueste de enanos corría, armas en mano, hacia el refugio de sus enemigos mostrando grotescas muecas de furia en sus rostros. De pronto, la puerta del cobertizo cayó al suelo levantando una enorme polvareda. Los andrajosos enanos detuvieron en seco su carrera y observaron durante tensos segundos hasta que el polvo se disipó. La silueta de tres figuras humanas comenzó a dibujarse tras el umbral de la puerta. Los haraposos enanos quedaron atónitos ante aquella fantasmagórica visión: el elocuente y guapo Ruperto fingía un ataque de epilepsia para poder atravesar las tropas enanas y acabar así con el complaciente Papá Noel. Las fauces de Ruperto rebosaban blanquecina espuma que, junto con los continuos espasmos musculares que sufría por todo su cuerpo, daban como resultado una interpretación muy convincente. Mientras tanto, Humberto, el chico listo, y Rufus, la chica fornida, proporcionaban cobertura con sus certeros disparos. Los enanos estaban idiotizados ante tan macabra visión y no ofrecían ninguna resistencia a las agresiones de sus antagonistas.

En ese momento, el elocuente Ruperto (chico guapo), aprovechó la propicia ocasión para trepar por las encorvadas gibas de los numerosos enanos y salir así del cobertizo, topándose de morros con la monumental barriga de un megalómano y a la vez enfurecido Papá Noel. Aquella descomunal panza, que haría temblar al más valiente de los valientes, entorpeció enormemente la visión de nuestro chico guapo, pero no le impidió hacer aplomo de su estúpida valentía,  y logró encajarle entre su espesa barba la bomba de fragmentación que acabó trágica y terriblemente con la vida del idolatrado Papá Noel. Nuestros héroes salieron del cobertizo junto con los enanos que quedaron absortos y, a la vez, felices, ya que sus días de explotación laboral habían llegado a su fin.

 

– ¿Está muerto?- preguntó Rufus.

– ¿Es grave?- dijo Ruperto.

– ¿Qué si es grave? La última vez que vi una cara con este aspecto fue en el escaparate de una pescadería- le contestó Humberto, el chico listo, cuando acabó de examinar el cadáver.

– ¡Resucita, idota, resucita! ¿Quieres dinero? ¿Es eso lo que quieres?- gritó una preocupadísima Rufus por las consecuencias de la ira del Reverendo Pipampumpí cuando se enterara de la enorme metedura de pata que habían cometido matando a Papá Noel.

 

Contrarios a reconocer este grandísimo error ante sus compañeros Arribistas, los tres monjes decidieron comenzar una nueva vida al amparo que ofrece la clandestinidad y decidieron sustituir por triplicado al muerto Papá Noel, haciéndose llamar Los Tres Reyes Magos del Polo Norte, grupo de elite constituido por: Melchor, alias Humberto, chico listo; Gaspar, alias el elocuente Ruperto, chico guapo; y, como todo buen icono navideño que se precie, Alberto (Rufus, la chica fornida), pasó a ser Baltasar, el chico moreno.

Hasta la próxima!

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