Un poco de Miguel Ángel

Publicado: 25 abril, 2011 en Personajes de antaño
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  Michelangelo Buonarroti decía de sí mismo, en tono jocoso, que había mamado el amor por las piedras junto con la leche materna, porque Francesca, su madre, que tendría unos diecinueve años cuando le dio a luz, entregó a su hijo recién nacido a una robusta nodriza para que lo criase, a una campesina que era esposa de un picapedrero.

  Miguel Ángel, ese hijo del Renacimiento que jamás se subordinó al Renacimiento, sino que se creó su propio universo ultramundano, todo un cosmos de éxtais creador, formado por elementos de la antigüedad, del neoplatonismo y de la fantasía desbordante de Dante.

  Fue un ser que careció de amor, a quien la vida golpeó con crueldad, sobre todo después de la muerte prematura de su joven madre, y a quien su padre, Ludovico di Buonarroti, un corregidor provinciano que no conocía el sosiego, sólo envió a la escuela de mala gana, y a disgusto le hizo aprender un oficio. Esto último due con los hermanos Domenico y David Ghirlandaio, maestros eminentísimos de la ciudad de Florencia. De carácter taciturno y huraño, jamás logró superar la falta de cariño que suspuso para él la muerte de la madre, por lo que las mujeres se le antojaron siempre diosas y santas. Monástico como un fraile, así vivió Miguel Ángel durante toda su vida, no por un imperativo moral, por supuesto, sino más bien por devoción vocacional, impulsado por un sentimiento de amor sublimado, en el que su figura ideal era la Beatriz de Dante, y así fue creando prototipos juveniles y maternales como los de la Piedad, matronas y sibilas de una delicadeza inusitada. El pasado, su propio pasado y el de sus antepasados, revestía para él una gran importancia, es más, hasta daba muestras de un orgullo aristocrático, y puede decirse que en la mayoría de sus representaciona masculinas se advierten claramente las visiones paternas.

  Miguel Ángel tenía catorce años de edad cuando cambió el lápiz y el pincel por el cincel y el martillo, para gran regocijo de Lorenzo de Médici, el poderoso gobernante de Florencia que acogió al joven bajo su protección. En algún momento de aquellos años de juventud sucedió lo imprevisible, algo que marcaría para siempre su vida: en el curso de una disputa, su compañero Torrigliani le dio un puñetazo en el rostro y le destrozó el cartílago nasal, dejándole una perenne seña visible. Desde aquel día su rostro quedó deformado. Aparte del dolor corporal, ¡cuál no sería el sufrimiento que ese suceso habría de ocasionar en un adorador de la belleza como era Michelangelo Buonarroti!

  Miguel Ángel fue toda su vida un autodidacta, aprendió de cuanto le rodeaba, admiró las esculturas de la antigüedad en los jardines de los Médici y se recreó en las obras de Donatello y Ghiberti, de quien dijo que con su arte había abierto de par en par las puertas del Paraíso; de Ghirlandaio, el maestro, se fue separando cada vez más. Perdidas están sus primeras obras como escultor, pero mundialmente famosa se hizo su Piedad, la escultura de una joven madonna que sostiene en su regazo el cadáver de Jesús, en encargo del cardenal de San Diogini, con la belleza de una divinidad griega, tallado en mármol de Carrara y cincelado con una filigrana tan delicada, que parece salida de las manos de un orfebre.

  Cuando le echaron en cara la radiante belleza juvenil de aquella virgen -de la misma edad hay que imaginarse a la madre de Miguel Ángel a la hora de su muerte-, respondió el artista que una mujer casta no envejece, pues conserva por más tiempo su lozanía que aquella que no lo es; cuánto ás bella y lozana tendría que ser entonces una virgen que no tuvo jamás el mínimo pensamiento pecaminoso. De ahí que no debería ser motivo de asombro el hecho de que hubiese representado a la Santísima Virgen, madre de Jesucristo, mucho más joven que a su propio hijo, aun cuando en la realidad fuese precisamente al revés, si es que se tenía en cuenta el envejecimiento normal de las personas.

  Aquel artista de ventididós años se sentía orgulloso de su obra y grabó allí su firma para la posteridad, por primera y única vez en su vida.

         

  Miguel Ángel trabajaba más de escultor que de pintor. Tres medallones con retratos de vírgenes son el escaso resultado pictórico de aquellos años. No sabemos si le atemorizaba la supremacía de Leonardo, de Perugio y de Rafael, pero nada tuvo de extraño el hecho de que el papa Julio II llamase repetidas veces a Miguel Ángel para que fuese a Roma y pusiese a su servicio sus artes de escultor. El papa Julio II era más guerrero que pastor de almas, más político que sacerdote, más violento que dulce y también algo que no concuerda en modo alguno con la imagen de ese hombre: amaba el arte tanto como la espada y admiraba las obras de los grandes artistas, y uno de ellos hizo que el papa Julio se fijse en el joven florentino. Sin saber exactamente el porqué, mandó enviar cien escudos a Miguel Ángel en calidad de gastos para el viaje, con el objeto de poder conocerlo, y mucho después se le ocurrió la idea de la tumba, de erigirse un monumento en la tribuna de la iglesia de San Pedro.

  Pero la colaboración entre el papa y Miguel Ángel se convirtió en un auténtico calvario, pues la indiferencia del sumo pastor y la tozudez del artista se equilibraban, hasta que las diferencias llegaron a su punto culminante cuando Miguel Ángel proclamó a los cuatro vientos que si seguí por más tiempo en Roma, tendría que erigir al final su propia tumba y no la del anciano papa, por lo que se alejó de la ciudad santa  carcomido por la ira.

  El artista se había visto abligado a contraer deudas para pagar los bloques de mármol y los jornales de ls obreros, lo que hizo que Condovici, uno de sus discípulos, hablase años más tarde de “la tragedia de la tumba”, y el mismo Miguel Ángel condenaba aquel caso de la siguiente manera: Si de niño hubiese aprendido a fabricar cerillas de fósforo en vez de dedicarme al arte, no me encontraría ahora sumido en tal desesperación.

  El papa, por su parte, se desató también en improperios, dijo que no le eran desconocidos los malos modales de que hacía gala la gente de esa calaña, pero que en cuanto sus asuntos le permitiesen regresar a Roma, aquel deslenguado tendría que pagárselas muy caras, así que los florentinos tuvieron motivos suficientes para temer que el papa pudiese desencadenar una nueva guerra por culpa de su escultor fugitivo.

  Miguel Ángel estuvo pensando entonces con toda seriedad en la posibilidad de huir a Constantinopla para ir a terminar allí sus días bajo la protección del sultán. Trabajo en aquella ciudad había más que suficiente, pues, entre otras cosas, el sultán tenía el proyecto de construir un puente sobre el Cuerno de Oro para unir los barrios de Gálata y Perama.

  Finalmente, se llegó a un compromiso para encontrarse a mitad de camino, por lo que el papa y Miguel Ángel se reunieron en Bolonia, ciudad que Julio II acababa de conquistar con un ejército compuesto por quinientos caballeros. Su santidad le dio allí el encargo de esculpir una estatua en bronce de cuatro metros de alto, que no pudo ser acabada sino hasta la segunda fundición y de la que lo único que sabemos es que fue destruída tres años después por la familia gobernante, los Bentivogli, cuando estos volvieron del exilio. Los restos de aquella estatua fueron utilizados para forjar el tubo de un cañón.

  A su regreso a Roma, el florentino prosiguió sus trabajos en el monumento mortuorio, pero el papa Julio II trató de apartar al artista de esa tarea. De las cuarenta esculturas que contaba el proyecto original, Miguel Ángel logró terminar a duras penas el Moisés; los bloques de mármol que Miguel Ángel había almacenado detrás de la basílica de San Pedro, donde él mismo vivía, fueron robados, y buen día el santo padre sorprendió al escultor con el encargo de pintar el techo de la Capilla Sixtina, una obra mandada construir por su tío, el papa Sixto IV, hombre depravado entre los depravados, y que él mismo había inaugurado solamente hacía unos veinticinco años. Miguel Ángel no quiso aceptar ese encargo, pero al final no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer.

  Ya sobre el proyecto definitivo, se enzarzaron los dos de nuevo en una agria disputa, y dice mucho sobre la inflexibilidad y la dureza de Miguel Ángel el hecho de que el papa tuviese que rendirse al fin, extenuado por la discusión, y permitiese al florentino que hiciese y deshiciese según su buen criterio, siempre y cuando se dedicase a pintar. Miguel Ángel se decidió por la historia de la Creación y de los orígenes de la Humanidad… pero ¡de qué modo tan extraño y caprichoso!

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comentarios
  1. Su dice:

    Me han gustado mucho las dos últimas entradas, muy interesantes!!! aunque ya me las sabía, son historias que no me canso nunca de escuchar. Seguro que ya has visto “El tormento y le Éxtasis” pero alomejor descubres a tus lectores una biografía visual de Miguel Ángel que seguro que les gusta, podrías añadir un vídeo con el trailer! 🙂 besos

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  2. jose maximo sanchez aranda dice:

    estas lineas referentes a los temas tratados son una buena docis para pensar y reflexionar en eso

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