أبو الحسن علي ابن نافع

Ese era el verdadero nombre de Ziryab, pero para entendernos, le llamaremos Abul- Hasan Ali ibn-Nafi. Ziryab significa en árabe “Mirlo” y parece que le llamaron así por su piel morena y su hermosa voz. Cuando nació en Bagdad en el año 789 estaba destinado a ser un mísero comerciante en los zocos, como sus padres, que habían sido esclavos liberados por el califa abbasí al-Mahdi, pero como veremos, se escapó de esta vida. Ziryab practicaba despegadamente aunque con respeto las normas del Islam, pero se entregó a los placeres de la música, la comida, el vino, el amor… y la inteligencia.

En Bagdad fue díscipulo de Ishaq al-Mawsulí, músico predilecto del califa Harun al-Rashid. Así lo describe A. Muñoz Molina:

“Como Giotto en el taller de Cimabue y Leonardo en el de Verrochio, Ziryab es ese discípulo joven y poseído por una gracia innata que deja muy pronto atrás la voluntariosa técnica de su maestro”.

Y este maestro, según se cuenta, sentía algo más que admiración por su pupilo: celos, envidia, rencor. Un odio oculto lo consumía y este sentimiento se vio desatado cuando en cierta ocasión el califa Harun al-Rashid, devoto de la música, pidió a Ishaq al-Mawsulí que le presentara a su mejor discípulo. Fue Ziryab el elegido, pensando el maestro que repetiría mansamente lo que él le había enseñado. Sin embargo, cuando Ziryab se vio ante el califa le dijo: “Sé cantar lo que otros saben pero además sé lo que otros no saben. Si tú quieres, cantaré lo que jamás ha escuchado nadie”.

El califa quiso escuchar esa música desconocida y Ziryab, rechazando el laúd de su maestro, cantó y tocó el laúd que él mismo había frabicado, que tenía cinco cuerdas en lugar de las cuatro habituales y las tocó con una garra de águila y no con el plectro corriente de madera. Desconocemos el sonido de aquella música, pero cuando se hizo el silencio, el califa pidió entusiasmado a Ziryab que cantara otra vez y que volviera de nuevo a palacio. 

Pero Ziryab jamás volvió al palacio de Bagdad y el único que conocía el motivo era el rencoroso y vengativo Ishaq al-Mawsulí. Cuenta Dozy que le dijo a su discípulo:

“Me has engañado indignamente ocultándome toda la extensión de tu talento. Estoy celoso de ti, como lo están siempre los artistas iguales que cultivan el mismo arte. Además, has agradado al califa y sé que pronto vas a suplantarme en su favor. Si no fuera porque te conservo un resto de cariño de maestro, no tendría el menor escrúpulo en matarte. Elige, pues, entre estos dos partidos: o ve a establecerte lejos, jurándome que nunca volveré a oír hablar de ti, o quédate contra mi voluntad, y entonces todo lo arriesgaré para perderte”.

Y Ziryab eligió el destierro. Su virtud le había alzado desde los suburbios de Bagdad al palacio del califa más poderoso del mundo y después le condenó al destierro. Fugitivo, deambuló durante años por las ciudades de Siria, vivió en El Cairo y cruzó desiertos para asentarse en Qayrawan, capital del reino de los aglabíes. Músico errante sin fortuna y poeta mercenario, sin embargo, su fama aumentaba y quienes lo escuchaban ya no podían olvidarlo. Él mismo contaba que sus canciones se las dictaban en sueños los propios ángeles: “Se despertaba de pronto en la oscuridad, encendía una luz, llamaba a su concubina y discípula Ghazlan, que imitaba con el laúd la melodía que él le iba enseñando mientras inventaba o recordaba las palabras del sueño”.

En Qayrawan oyó hablar de la fulgurante Córdoba, donde reinaba el emir al-Hakem I y, ni corto ni perezoso, hizo que le entregaran al emir una carta donde le solicitaba que le acogiera en la corte. La respuesta tardó varios meses en llegar, pero finalmente el emir le invitaba  a emprender inmediatamente el viaje a Córdoba, porque había oído hablar de él y quería conocerle.

Veloz, Ziryab desembarcó el Algeciras, donde lo habían hecho tiempo atrás los primeros musulmanes que llegaron a la península. Nada más poner pie en tierra, en mayo del año 822, Ziryab recibió con estupor la noticia de la reciente muerte del emir al-Hakem I. Parecía que se cebaba en él la mala suerte y, hastiado, buscaba un barco que lo devolviera al Norte de África, preguntándose con desgana cuál sería su final. Entonces se enteró de que alguien iba preguntando por él: el músico judío Abu Nasr Mansur, que venía a recibirlo en nombre del nuevo emir, Abd al-Rahman II, que quería renovar la invitación de su padre y le enviaba una carta y una bolsa llena de monedas de oro. Los años de pregrinación de Ziryab el bagdadí habían terminado.

Ziryab y el emir tenían aproximadamente la misma edad cuando se encontraron y además compartían la misma devoción por los libros, la veneración por la música y el amor por las mujeres. Desde entonces, su amistad duró treinta años. En cuanto Ziryab llegó a Córdoba, el emir le ofreció casa y servidumbre y le concedió tres días para que descansara del viaje antes de presentarse a él.  Al cuarto día, sin haberlo oído cantar, le ofreció un palacio y un sueldo mensual de 200 monedas de oro, y 1000 más en cada fiesta canónica, y 500 en San Juan, y otras 500 en año nuevo, y 200 sextarios de cebada y 100 de trigo, y el usufructo de varias alquerías de la campiña cordobesa. Ni en Bagdad, ni siquiera en Bizancio, había habido un músico mejor pagado, y es que Abd al-Rahman sabía que no existía en el mundo una voz como aquella.

Ziryab enseñaba al emir todo lo que no conocía del Oriente abbasí, saberes inmemoriales, o las vanas y necesarias normas de la elegancia. Ziryab no sólo dejó en Córdoba sus melodías, sino que llevó hasta ella el ajedrez, como arcaica alegoría del destino de los emperadores y sus reinos, nos enseñó que los vasos de cristal transparente eran más apropiados para degustar el vino que las copas de oro, y que los platos de un banquete no se probaban en orden aleatorio, sino obedeciendo una gradación ritual que comenzaba con las sopas y entremeses, seguía con los pescados y luego con las carnes y concluía con los postres y las copas de licor (y eso que aún no se había descubierto el café). Además, aprendimos a deleitarnos con el sabor de los espárragos trigueros, que crecían de forma natural en al-Andalus, con los guisos de habas tiernas y con las ensaladas de alcauciles. Arbitró que desde mayo a septiembre convenía vestirse de blanco y que los tejidos oscuros y las pieles debían llevarse sólo en invierno. Instigó los cortes de pelo que dejaran al descubierto los pómulos y la frente, a pulirse las uñas y a usar cremas para limpiar y suavizar la piel. Además, fundó un instituto de belleza y el que se considera el primer conservatorio de música del mundo islámico, que tuvo una influencia considerable en el desarrollo de la música arábigo-andaluza, e introdujo los canto árabes conocidos como nubas.

A Ziryab nunca lo tentó el poder ni quiso formar parte de las intrigas de la corte. En Córdoba, el recuerdo de su Bagdad natal, se fue difuminando y siempre agradeció servir al emir Adb al-Rahman II y no al califa Harun al-Rashid. Algunas costumbres y supersticiones persas que vienieron con él, aún perviven, como el juego del polo, el temor a los antojos de las embarazadas, la certidumbre de que los niños que juegan con fuego  se orinan en la cama y de que ingerir rabos de pasa es bueno para la memoria, el miedo a los espejos rotos y al número 13.

 

“La Historia, como la vida de cualquiera, es una monótona galería de horrores. Lévi-Strauss dice que los hombres fueron felices en el Paleolítico superior: es posible que también lo fueran en Córdoba, en la dorada edad de Abd al-Rahman II.”

(Antonio Muñoz Molina)

 

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