Después de la I Guerra Mundial (1914-1919), la política de esta etapa de los Estados Unidos se caracterizó por el conservadurismo político y social, y por el florecimiento económico. Norteamérica pudo desarrollar ampliamente su capacidad productiva mientras las potencias de la vieja Europa se iban aniquilando entre sí. El aislacionismo y la prosperidad era lo que importaba. La única diplomacia que contaba era la del dólar. Incluso el Partido Republicano hizo que el Senado se negara a ratificar los Tratados de Paz de Versalles.

Desde 1920 y 1933 el Partido Republicano estará en el poder, y hasta 1929 (año del “Crack” de la Bolsa de Nueva York) el país se beneficiará de una ola de prosperidad sin precedentes.

En el orden social, este período coincidió con un cambio profundo en las costumbres del pueblo norteamericano que se reflejó en múltiples aspectos, pero sobre todo en algunos tan básicos como la vida familiar, la enseñanza y la religión; toda una serie de nuevas fuerzas estaban minando el antiguo sistema de vida. Por otra parte, las divisiones seguían estando presentes: entre el Norte y el Sur, cuestión siempre presente en la política del país; entre protestantes puritanos y católicos, mientras el número de los segundos aumentaba sin cesar gracias a la enorme inmigración irlandesa; entre xenófobos, partidarios de cerrar las puertas a los inmigrantes, y quienes deseaban que siguiera aumentando la afluencia de los mismos.

La inmigración fue un tema candente durante los años 20. Se impusieron severas restricciones que afectaron sobre todo a los países del Este y del Sur de Europa. Bajo el lema “América debe seguir siendo americana”, se exaltó el nacionalismo, poniendo como ejemplo de “hombre americano” al hombre blanco, anglosajón y protestante, frente a otras razas, religiones y culturas. Esto agudizó las discriminaciones dentro del país y en el Sur se produjo un fuerte resurgimiento del Ku-Klux-Klan, que desencadenó violentas campañas contra negros, judíos, intelectuales liberales… Pero este resurgimiento no se limitó al Sur, sino que en el Norte va a florecer con intensidad en aquellos estados donde había un fuerte contingente de población de origen sureño.

Estas persistentes cuestiones se manifestaron en 1919 en un hecho concreto: la aprobación por el Congreso de la “Ley Volstead”, que prohibía fabricar y vender bebidas alcohólicas. Fue la famosa “ley seca” que dividió a los estadounidenses en dos bandos: los wet o húmedos y los dry o secos. El Sur, los protestantes puritanos y los xenófobos se alinearon entre los “secos”, mientras que el Norte, los católicos y los defensores de la inmigración se contaban entre los “húmedos”.

Se difundió la opinión de que el país estaba siendo corrompido por ideas y modos de vida extraños. Se identificó con los inmigrantes la ingesta desenfrenada de alcohol y la insana influencia en el quebrantamiento de las normas morales de la comunidad. El consumo de alcohol era el origen de muchas familias rotas, del absentismo laboral y de la degradación moral. El Estado debía tomar cartas en el asunto. Una de las naciones menos totalitarias de entonces iniciaba claros pasos en contra del desarrollo espontáneo de una sociedad abierta.

La ley se acogió a la XVIII Enmienda de la Constitución y mediante ella, el gobierno republicano intentó, desde esta perspectiva puritana, dar un giro a la moralidad del país.

“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosas del pasado. Las cárceles y los correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno”.

Así comenzaba el discurso del Senador Vosltead cuando en 1920 entraba en vigor la XVIII Enmienda.

Inmediatamente después de su aprobación se destruyeron millones de litros de vino y licores, se clausuraron destilerías y las sentencias de cárcel por delitos relacionados con el alcohol empezaron a crecer.

La Ley Seca no prohibía directamente el consumo de alcohol, pero sí la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas (incluso para la exportación). Una curiosidad es que lo que sí se vendía era el jugo de uva, en forma de “ladrillos” (llamados bricks of wine), dejando los fabricantes en manos del consumidor la decisión de quebrantar o no la ley, fermentando el jugo para la obtención de vino casero.

En las zonas rurales esta ley tuvo una acogida relativamente positiva, pero en las grandes ciudades la oposición popular fue enorme. Resultaba inconcebible, en una tierra orgullosa de sus libertades personales, negar a un adulto responsable su derecho inalienable a comprar e ingerir cualquier cosa que desease. Hubo que rectificar previamente la Constitución. Con la mejor de las intenciones y una ingenuidad espeluznante se modificó la Constitución para desterrar el alcoholismo de la sociedad. Con la XVIII Enmienda constitucional se buscó una solución eficiente y sencilla aplicable a más de cien millones de norteamericanos que poblaban los Estados Unidos por aquel entonces. Nada pudieron hacer los lobbies cerveceros, vinícolas y de los destiladores para mantener sus negocios legalmente.

Aquella prohibición tuvo efectos perversos en el interior del país: se encareció el precio de la bebida, cientos de miles de personas empezaron a fabricar artesanalmente bebidas alcohólicas, se fomentó el mercado negro, muchas veces con bebidas sustitutivas alteradas o altamente tóxicas.

Las tabernas clandestinas y los clubes nocturnos se reprodujeron a gran velocidad, y empezaron a aparecer los contrabandistas de licores, llegando a pasar bebidas a través de las fronteras mexicana y canadiense (la economía de Tijuana creció de forma descomunal ante la demanda de servicios turísticos: los residentes de la parte Norte de la frontera empezaron a buscar en Tijuana opciones de entretenimiento). Algunos fabricaban su propia cerveza o elaboraban ginebra en la bañera. El alcohol industrial se volvía a destilar y se convertía en ginebra y whisky sintéticos, muchos de ellos altamente venenosos, pues con sólo tres vasos podían provocar la muerte, cegueras o parálisis.

Pero la peor consecuencia de la Ley Seca fue la estimulación del crimen organizado. Los inmigrantes sicilianos, napolitanos y sardos, que contaban con una amplia experiencia en el comercio, llamémoslo “informal”, labrada a lo largo de siglos de actividad por el Mediterráneo, recibieron la promulgación de la Ley Seca como un verdadero regalo caído del cielo: se les presentó una inesperada oportunidad de ganancias fabulosas. Realmente Norteamérica era una tierra prometedora para los emprendedores deseosos de arriesgar (el hábil Johnny Torrio o su sucesor, Al Capone, siempre pensaron de sí mismos que eran hombres de negocios).

Estas bandas de traficantes defendían sus intereses a tiro limpio, utilizando con profusión un arma que llegó tarde para participar en la I Guerra Mundial, la metralleta Thompson, más conocida como “Tommy Gun”. Sin la Ley Seca no hubieran existido Elliot Ness y sus “Intocables”. O sí. Pero como simples agentes del Departamento del Tesoro, oscuros funcionarios que no habrían salido nunca de sus oficinas ni alcanzado la categoría de héroes populares.

El poder de estas bandas, cada vez mayor, llevó a enfrentamientos con otras bandas que se dedicaban al mismo negocio. Esta situación desembocó en una guerra entre bandas que acabó con la muerte de 135 personas a manos de otros gángsters. En 1926, Al Capone, habiendo roto ya su relación con su socio, mantiene una reunión con el resto de los grupos mafiosos para alcanzar un acuerdo de cooperación. Pero dos de estas bandas se niegan a participar, siendo sus miembros asesinados en lo que se llamó la Matanza del día de San Valentín, en un garaje, a manos de los secuaces de Capone disfrazados de policías.

Y hablando de policías, también hay que destacar que la violación de esta Ley Seca se vio favorecida además, por la corrupción del gobierno, muy extendida en esa época, ya que se veían beneficiados por grandes sumas de dinero y policías y políticos obtenían beneficios personales con la prohibición (como ahora). El congresista por Texas fue arrestado por haber instalado una destilería en su rancho.

En 1933 finalmente esta ley es derogada, por la Enmienda XXI de la Constitución. Supuso uno de los mayores fracasos en la historia de los Estados Unidos. Miles y miles de personas sufrieron las terribles consecuencias (envenenamientos, muertes, ceguera, parálisis, detenciones… por no mencionar las organizaciones criminales que aún existen en la actualidad, dedicadas principalmente al tráfico de drogas y a la prostitución). El mismo año en que se abolió la Ley Volstead, l crimen violento descendió dos tercios.

La imposición de la Ley Seca y su evidente fracaso ilustran a la perfección algunos de los principios que rigen la historia de esta nación. Pone de manifiesto uno de los puntos débiles de la política y la opinión pública estadounidense: la tendencia a desear el fin sin querer para nada los medios.

Como dijo Homer J. Simpson: (Brindemos) “¡Por el alcohol! Causa y a la vez solución de todos los problemas del mundo.”

¡Salud!

 

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comentarios
  1. TomPhillsen dice:

    That is what I was looking for. Thanks a lot for the info. IMHO, other pages are not so fascinating. No office, simply try to keep quality at this level 🙂

    Tom Phillsen

    Me gusta

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