“De todas las preguntas que plantea el Holocausto, una de las más desconcertantes es: ¿Por qué cooperaron los judíos en su propia destrucción?. De grado o por fuerza, de forma consciente o inconsciente, los judíos ayudaron a los nazis en todas las etapas de su propia persecución. Les entregaron listas detalladas de todas las personas de origen judío, seleccionaron a los que debían ir en cada transporte y extendieron las correspondientes citaciones, y fueron responsables en gran parte de la administración interna de campos de tránsito como Terezín haciendo cumplir las normas alemanas y castigando a quienes intentaban escapar. En los campos de la muerte como Auschwitz, los judíos eran conducidos a las cámaras de gas por kapos judíos. De los seis millones de judíos que se calcula que murieron en el Holocausto, la inmensa mayoría fueron a la muerte mansamente, sin protestar. Salvo raras excepciones, como la insurrección del gueto de Varsovia en abril de 1943, hubo pocas rebeliones abiertas contra el genocidio nazi.”

Michael Dobbs, Madeleine Albright

Y es que el objetivo final de la política nazi se mantenía en secreto. Del mismo modo en que los políticos de Europa Occidental deseaban creer en las promesas de Hitler (en relación a sus conquistas y su política expansiva), también los líderes judíos eran reacios a dar crédito a los rumores que circulaban por toda Europa durante la II Guerra Mundial, sobre la existencia de cámaras de gas y hornos crematorios.

A esto hay que añadir la tremenda habilidad de Hitler para las técnicas represivas y de intimidación. El Führer había pasado muchos años perfeccionándolas. Estaban cuidadosamente calculadas para reducir la resistencia al mínimo. El proceso constaba de varias etapas alternas que consistían en aterradoras palizas o tranquilizadoras falsas esperanzas. Se hacía creer a las víctimas que lo peor había pasado ya y que la resistencia sólo desembocaría en peores represalias.

El terror nazi era como un nudo corredizo, suelto al principio pero que gradualmente se iba tensando. Si la víctima se removía contra la soga, ésta se estrechaba súbitamente, quizá de forma fatal. Si decidía no luchar, al menos le quedaba un cierto margen para respirar. Cuando comprendía lo que estaba ocurriendo, era demasiado tarde.” (Michael Dobbs).

Todo respondía a un plan. Imaginemos que los nazis, nada más anexionarse para el III Reich países como Polonia o Checoslovaquia, entre 1938 y 1939, hubieran empezado a deportar a los judíos en masa a los campos de concentración. Pues se habría provocado un levantamiento importante, ya que, por ejemplo en Checoslovaquia, la población judía correspondía a un nada desdeñable 34% de la población total del país.

Pero los nazis fueron lo suficientemente hábiles como para trabajar por etapas. La primera etapa consistía en crear un clima de aprensión y prejuicios donde se concibiera a los judíos como seres infrahumanos a los que por consiguiente no merecía la pena defender. Después venía la discriminación y segregación: obligar a los judíos a vivir en zonas específicas de las ciudades (guetos) y la insistencia desde 1941 por parte de los nazis en que los judíos mayores de seis años debían coserse en el lado izquierdo de la ropa visible, sobre el corazón, una estrella amarilla del tamaño de la palma de la mano, con la palabra jude (judío) en negro. En este punto comenzaban las deportaciones a campos “de tránsito”, que no eran más que un preludio de la aniquilación física. Desde la distancia en el tiempo vemos cómo cada etapa, cada eslabón, conduce efectivamente al siguiente, pero en aquel presente no era tan evidente para las víctimas de la persecución nazi.

Por si esta situación no fuera lo suficientemente desfavorable para los judíos, en 1940 los alemanes promulgaron unos decretos que obligaban a los judíos a vender sus negocios a los “arios”, empezaron a aparecer periódicos antisemitas en las calles e incluso, en Praga, se inauguró una exposición patrocinada por la Gestapo titulada “Los judíos como enemigos de la humanidad”, llena de difamaciones sobre supuestos crímenes rituales -una de estas calumnias aseguraba que los judíos asesinaban cristianos para hacer el pan de la Pascua con su sangre-. Al mismo tiempo empezaron a sufrir pequeñas vejaciones, como la prohibición de entrar en piscinas y baños públicos, en todos los hoteles y algunos restaurantes. Además, debían colocarse en el fondo del segundo vagón en los tranvías y tampoco podían entrar en los cines ni ir a los teatros. El número de prohibiciones era asombroso. Se conserva una lista elaborada por un judío de Praga llamado Jiří Orten en el que además de estas prohibiciones, él recuerda las siguientes:

“Se me prohíbe salir de casa después de las ocho de la tarde.

Se me prohíbe alquilar un apartamento a mi nombre.

Se me prohíbe ir a parques y jardines.

Se me prohíbe ir a los bosques del municipio.

Se me prohíbe viajar fuera de los límites de la ciudad de Praga.

Se me prohíbe comprar en cualquier tienda excepto entre las once de la mañana y la una, y entre las tres de la tarde y las cinco.

Se me prohíbe actuar en una representación o tomar parte en cualquier otra actividad pública.

Se me prohíbe pertenecer a cualquier asociación.

Se me prohíbe ir a cualquier escuela.

Se me prohíbe tener cualquier contacto social [con los checos corrientes] y ellos tienen prohibido asociarse conmigo. No pueden saludarme ni pararse a hablar conmigo, excepto de asuntos básicos (por ejemplo, compras, etc.).”

La maquinaria represiva de los nazis no se paró aquí. Los alemanes exigieron que todos los judíos se registrasen en la Zentralstelle, la oficina central para la “emigración” judía. Después de 1941, cuando la emigración se paralizó por completo (lo que significa que los que no habían encontrado refugio ya no lo encontrarían), se cambió el nombre a la oficina por el de “Oficina Central para la Solución del Problema Judío”. La Zentralstelle daba copias de las listas a la comunidad judía, junto con las normas básicas y los grupos de edad, de las personas que debían ir en cada transporte. Los transportes estaban marcados con letras de la A a la Z (de la Aa a la Az, de la Ba a la Bz, y así sucesivamente). Los alemanes no seleccionaron a las personas que debían ir en cada transporte. Dejaron esta tarea a los líderes judíos…

Lo que vino después no hace falta contarlo.

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