Retrato de la marquesa de Santa Cruz (1805) Francisco de Goya

Este lienzo es uno de los más bellos y sensuales pintados por Goya. Se trata del retrato de doña Joaquina Téllez-Girón Alonso-Pimentel, Condesa de Osilo, marquesa de Santa Cruz de Mudela, camarera mayor de Palacio con la reina regente María Cristina y aya de Isabel II y de su hermana.
Esta muchacha era la segunda hija de los Duques de Osuna y su madre, la Condesa-Duquesa de Benavente, le regaló este retrato como regalo de boda cuatro años después de que esta tuviera lugar en 1801. La relación de amistad de la familia Osuna con Goya dio lugar a este maravilloso retrato. Es una de las obras goyescas más aplaudidas por la crítica y unánimemente reconocidas como obra maestra, prácticamente desde el mismo momento de su ejecución, ya que es el único retrato femenino mencionado explícitamente por Javier Goya en una breve biografía de su padre que escribió en 1831.
Pero vayamos a lo que íbamos. Este lienzo, La abuela en camisón, como afectuosamente se la denominaba en la familia al perder la memoria de su significado, permaneció dentro de la familia de los marqueses de Santa Cruz hasta principios del siglo XX.
A finales del XIX era propiedad del hijo de los marqueses, el conde de Pie de Concha. A su muerte, lo heredaron sus sobrinos, los hermanos Silva y Fernández de Henestrosa -María Luisa de Silva (casada con el infante Fernando de Baviera), María Josefa de Silva, y su hermano, el marqués de Zahara-, copropietarios del mismo durante la exposición Goya en el Prado celebrada en 1928.
En 1940, recién terminada la Guerra Civil, el gobierno de Franco decidió entregar dos obras representativas del arte español a Mussolini y a Hitler, como recuerdo de su apoyo en la contienda. Para el comité de este affaire se nombró una pequeña comisión formada por dos prestigiosos profesores, J. Martínez Santaolalla y el marqués de Lozoya, arqueólogo e historiador del arte respectivamente. Se determinó entonces la compra por 1.000.000 de pesetas del Retrato de la marquesa de Santa Cruz que, además de lucir una esvástica en la lira-guitarra, era un cuadro de apariencia académica, un punto neoclásico en el tema y de bellísima ejecución. No obstante, el giro de los acontecimientos dejó en suspenso la entrega. A cambio se enviaron a Alemania dos fíbulas de oro visigodas. Mientras, el retrato siguió en el Palacio de El Pardo.
Terminada la II Guerra Mundial, se depositó en El Prado y luego se tomó la decisión de venderlo. A juicio del entonces director de la pinacoteca, Álvarez de Sotomayor, el cuadro “no aportaba nada nuevo” a las colecciones de Goya (se rumoreaba además que en los Estados Unidos se había descubierto un ejemplar mejor, actualmente en el County Museum de Los Ángeles); el marqués de Lozoya, a la sazón director general de Bellas Artes, propuso venderlo en Inglaterra y con su producto adquirir pintura británica. Por fortuna, un coleccionista vizcaíno, Félix Fernández Valdés, entregando una suma mayor, lo recuperó en el Reino Unido, pensando en donarlo al Museo de Bilbao.
Pero no fue así y el retrato de doña Joaquina residió casi 40 años en Neguri (Vizcaya). A la muerte del coleccionista vizcaíno en 1980, lo heredó su hija María Mercedes Fernández Valdés, quien en 1983 lo vendió a Antonio Saorín Bosch -comerciante mallorquín- en Madrid por la cantidad de 25.000.000 de pesetas, haciendo constar en el contrato que el cuadro era inexportable, aspecto que no se respetó. Este último propietario sacó la obra de España el 6 de abril de 1983.
El 11 de abril de 1985 el Retrato de la marquesa de Santa Cruz fue comprado en Zurich por lord Wimborne, quien, según sus declaraciones, entabló contacto con el gobierno español para ofrecerle el retrato en ventajosas condiciones. El escándalo saltó a la prensa y las noticias procedentes de Inglaterra indicaban que Wimborne tenía intención de subastar la obra en la sala Christie’s de Londres. Considerando que la pintura había sido exportada ilegalmente y reconocida esta ilegalidad por la corte inglesa en fallo del 11 de marzo de 1986, el gobierno español llegó al acuerdo de compensar económicamente al propietario con 6.000.000 de dólares -equivalentes a unos 900.000.000 de pesetas al cambio de la época-, cantidad que fue hecha efectiva por la administración del Estado y diversas instituciones privadas. Finalmente, tras su azarosa peripecia, el retrato ingresó definitivamente en el Museo del Prado el 18 de abril de 1986 y fue inventariado con el número “Inv. 7070”.


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comentarios
  1. Esta muy bien el blog, no lo conocía hasta ahora, me pasaré más a menudo a leerlo. Aprovecho para felicitarte el 2012, un saludo!!

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