Archivos de la categoría ‘Historias para el recuerdo’

Después del frío mes de enero en la Sierra Norte de Castilla y antes del período de Carnaval, se celebra en la Villa de Arbancón (Guadalajara) la fiesta de la Candelaria, declarada Fiesta de Interés Turístico Provincial. Cada 2 de febrero un misterioso personaje recorre las calles del pueblo. Es La Botarga, un personaje mágico de raíces tan profundas en Arbancón, que se pierden en la memoria de los tiempos.

La Botarga de Arbancón

La tradición manda que salga en la mitad del invierno. Su presencia tiene que ver con los ritos de fecundación, vinculados a la germinación de los campos y a la fertilidad de la mujer. Mediante el baile y la máscara, La Botarga invoca al Espíritu del Mal, productor de devastadoras tormentas y pertinaces sequías. Cuando consigue atraerle, deja que el Espíritu tome posesión de su persona para así permitir que las fuerzas del Bien, representadas por el Sol, actúen sobre las cosechas y los vientres de las mujeres.

Con su disparatado traje, su máscara terrorífica, campanillas sujetas a la cintura, una cachiporra en una mano, una naranja en la otra y movimientos impúdicos, La Botarga de Arbancón es la prueba viviente del origen ancestral de la Villa. Se le atribuye ascendencia celta prerromana, pero con la llegada del cristianismo, el personaje se convirtió en una especie de bufón, representante de la lujuria, con la misión de recaudar fondos para el mantenimiento de la fiesta, respetando el disfraz, que además está perfectamente documentado en el joven Museo de Historia y Costumbres de Arbancón.

La Botarga, con sus diferentes variantes en el vestuario, es una figura propia del centro y Norte de España aunque, como tradición cristiana, se exportó también a otras regiones del país e Hispanoamérica. Debido posiblemente al carácter rural de estos personajes, en algunas zonas su aparición se ha desplazado hasta el período estival, seguramente relacionándolo con la trashumancia.

Botargas

DESTIERRO, MOSCÚ Y REGRESO A SAN PETERSBURGO

A orillas del mar Negro, nuestro poeta continúa de nuevo su obra literaria interrumpida y completa su instrucción general. Estudia el inglés, el italiano y algo de español. Su cultura llega a ser una de las más sólidas de su época.

Aleksander Pushkin, 1932, Piotr Konchalovski.

El poeta Aleksander Pushkin, 1932, Piotr Konchalovski.

Su nuevo jefe de destierro, el príncipe Voronsov, aumenta sus dificultades. La escasez de dinero, la soledad y la falta de ambiente amistoso, le hacen sufrir más que en otras ciudades. El príncipe era un hombre mezquino, vengativo, que no apreciaba al orgulloso Pushkin, incapaz de servirle de lacayo. Su actitud valiente y brusca comienza a disgustar seriamente a la corte. El príncipe lo humilla a cada instante y trata, por último, de deshacerse de él escribiendo a la corte de San Petersburgo. Pushkin le dedicó a este señor un epigrama que lo caracteriza por entero:

“Semimilord, semicomerciante,
Semisabio, semiignorante,
Semicanalla, pero hay esperanzas
Que algún día sea un canalla entero”.

Acorralado por la corte, el poeta intenta huir al extranjero por la frontera de Constantinopla, pero la censura del príncipe logra interceptar una carta donde habla de estos intentos, además de sus ideas ateístas y otras poco honorables para su gobierno. Voronsov logra una decisión de los ministros ordenando la destitución de Pushkin de la lista de funcionarios, además de su destierro o traslado a la estancia de sus parientes de la gobernación de Pskov, bajo vigilancia policial.

En el mes de julio del año 1824 es trasladado a la aldea de Mijailovski, donde su vida se torna aún más solitaria. Únicamente la visita de sus viejos amigos del Liceo, Puschín y Delvig, rompen la monotonía de su estadía en el lugar.

Las conversaciones con los campesinos, las canciones regionales, que anota con tenacidad, como también la vida de los terratenientes lugareños, van completando la universidad de su vida. Los héroes populares del pasado ruso, como Stepan Razin y Emelian Pugachov, le atraen e inspiran su obra La hija del capitán. Lee la historia de su país en ediciones y enfoques nuevos; vuelve a escuchar también los relatos de su nodriza Arina, que lo deslumbran cada vez más por su poesía auténtica y popular.

Termina algunos poemas ya empezados anteriormente y comienza su tragedia Boris Godunov. Si bien es cierto que en el período del Cáucaso y de Crimea, Byron es el poeta inglés que le acompañaba, ahora es el genial dramaturgo el que le influencia; el gran talento realista de Shakespeare le ayuda a dar forma a sus obras dramáticas.

Un acontecimiento interrumpe sus actividades literarias; el estallido de la insurrección de los decembristas, el 14 de diciembre del año 1825, hace vibrar al poeta con los mejores sentimientos que conmueven al país. La derrota de los decembristas y el trágico destino de sus cabecillas le hace exclamar:

“¡Ahorcados, ahorcados, y ciento veinte amigos y hermanos desterrados; es horrible, camaradas!”.

La influencia de Pushkin entre la juventud, su gloria en aumento, obligan al nuevo zar a una política demagógica de atracción del poeta. De mil maneras trata de atraer al nuevo genio poético de Rusia. Un informe del jefe de los gendarmes al zar, caracteriza esta actitud:

“Pushkin es un apreciable charlatán. Si fuera posible dirigir su pluma y sus conversaciones, nos sería provechoso”.

Nicolás I de Rusia

Nicolás I de Rusia

El zar manda llamar a Pushkin, y el 4 de setiembre de 1826, acompañado por un emisario de aquél, asiste a una ceremonia de Nicolás I en los palacios de la corte.

Calculador e hipócrita, el zar Nicolás I trató de “acariciar al poeta” prometiéndole completa libertad y dispuesto a ser el único censor de su obra. Al mismo tiempo, encargaba al jefe de gendarmes, el príncipe Benckendorf, su vigilancia y la orden prohibitiva de alejarse de la ciudad sin permiso especial.

Confiado en las palabras del zar, Pushkin tuvo la esperanza de poder mejorar la situación de sus camaradas decembristas desterrados, soñando en que el zar retornaría a los días memorables y gloriosos de Pedro el Grande.

El poeta fue defraudado muy pronto.

La situación no había cambiado mucho, inclusive la suya personal, pues cada movimiento suyo era controlado y cada palabra transmitida al príncipe Benckendorf. Un periodista y escritor vendido a la corte servía de espía del poeta, y gran número de sus obras, sometidas a la censura, no llegaban a ser publicadas.

El poeta se sentía cercado en su prisión dorada, y con orgullo exclamaba en sus estrofas: “Jamás seré
esclavo, ni bufón…“. Decenas de estrofas como ésta figuran en su obra de este período.

El poeta se ve obligado a callar, pero en poemas como El talento inútil o Poeta, de los años 1827 y 28, revela su angustia y su desesperación.

Dice Pushkin en uno de estos poemas:

“Desgraciado el país
donde el esclavo y el adulador
rodean al trono,
mientras el cantor elegido por el cielo
debe callar, bajando su mirada altiva”.

La esperanza por un futuro luminoso no lo abandona. En su mensaje famoso dirigido a los decembristas, del año 1827, dice: “Jamás se perderá vuestro esfuerzo y vuestra pena, vuestros elevados ideales y afanes”En su poema Arion vuelve a hablar de sus amigos insurrectos.

Ya en Moscú, Pushkin se relaciona con la familia de Goncharov y se enamora de la bellísima Natalia; en el año 1830 pide la mano de su futura esposa y trata de resolver su situación económica. La pequeña estancia de sus padres arruinados no le proporciona una entrada suficiente para sustentar su futura vida conyugal. Pushkin se convence que la única fuente económica de existencia es su trabajo literario.

Estatua de Aleksander Pushkin y Natalia Goncharova en Moscú

Estatua de Aleksander Pushkin y Natalia Goncharova en Moscú

En viaje de regreso a Moscú, estalla una epidemia de cólera que le impide la entrada a la ciudad. Durante tres meses debe permanecer en el pueblo de Boldin, alejado por suerte de los funcionarios y hombres de la corte. Esos tres meses son de ininterrumpida actividad literaria. Allí termina Mozart y Sallieri, Don Juan o El convidado de piedra, El caballero avaro, El banquete durante la epidemia del cólera y una serie de obras en prosa tituladas Las novelas de Belkin o La historia del pueblo de Go-riujin y muchas otras.

Termina, además, la ya citada Eugene Oneguin, El jefe de estación, obra que revela la vida de un pequeño hombre de tierra adentro, y La historia del pueblo de Goriujin, que pinta la situación de los campesinos y los siervos de Rusia. Obras todas de fino realismo, en las que denota comprender las leyes que rigen la vida y el destino de la gente.

Anulada la prohibición de entrar a Moscú, regresa Pushkin y al poco tiempo se casa. El 18 de febrero del año 1831 une su vida a la hermosa Natalia Goncharova, de quien está apasionadamente enamorado. Al poco tiempo se traslada con su esposa a San Petersburgo, donde los conflictos con la corte se agudizan hasta llevarlo a su fin trágico.

La belleza extraordinaria de Natalia Nicolaevna Goncharova impresiona en los salones y los bailes de la corte de San Petersburgo. Su éxito halaga su vanidad y exige mucho dinero. La situación económica de Pushkin no le permite satisfacer sus deseos, pues, además de su familia, debe mantener a varios parientes suyos y de su mujer. Ya no puede trabajar tranquilamente; se apresura, a menudo no termina sus obras; sin embargo, a pesar de la nerviosidad con que debe escribir, pertenecen a este período obras como El jinete de cobre, La dama de Pique, sus Cuentos, Dubrovski y otros. Participa activamente en “El Diario Literario”, dirigido por su amigo Delvig; funda el periódico “El Contemporáneo”; sigue y aplaude los primeros trabajos críticos de Belinski y trata de invitarlo en calidad de colaborador permanente de su periódico. Pero la muerte interrumpe todos sus planes.

DUELO Y MUERTE

En el año 1834 el zar Nicolás I trata de oficializar aparentemente la situación del poeta en la corte y especialmente el de la mujer de Pushkin, a objeto de controlarlo mejor; pero un título sin importancia no hace más que conseguir el desprecio del escritor. Los esbirros y lacayos del zar se confabulan contra el poeta altivo y rebelde, cuya sátira los inquieta. El poeta leS molesta y quieren deshacerse de él a toda costa.

Los éxitos de su esposa en el mundo social, las atenciones que le proporciona el propio zar y especialmente los galanteos del francés Jorge D’Anthés, escapado de la revolución francesa y protegido por el zar, fueron un pretexto cómodo para envenenar aún más el clima de calumnias contra Pushkin. De las bromas pasaron a la abierta burla, haciéndole la vida
imposible. Todo fue preparado de antemano, hasta los elementos que lo llevaron al duelo. El zar estaba enterado de todo y alentaba las intrigas, inclusive la aparición de un volante insultante contra él. Provocado por todas partes, en un estado extremo de nerviosidad, el poeta le manda los padrinos al señor D’Anthés. Eso era lo que esperaba la corte. Una ocasión para herir mortalmente al gran poeta. Y el 27 de enero del año 1837, junto al río Negro, en los alrededores de San Petersburgo, D’Anthés hirió de muerte al poeta.

Después de horribles días de sufrimiento, a las dos horas y cuarenta y cinco minutos del 29 de enero dejó de existir Aleksander S. Pushkin.

Sus verdugos recibieron con júbilo la noticia de su muerte. Pero el pueblo, o mejor dicho lo más democrático y de la vanguardia de él, recibieron la noticia con pesar tan evidente que el día de su muerte se ha transformado en Rusia en uno de los días de luto nacional para los amantes de la poesía y de la libertad.

Pushkin en el ataúd, 1837, Feodor Bruni

Pushkin en el ataúd, 1837, Feodor Bruni

Mientras su cuerpo permaneció velado durante tres días en su casa, una peregrinación de hombres de toda situación social desfiló ante su ataúd; mujeres, viejos y niños, estudiantes, maestros y haraposos campesinos le llevaron su último saludo.

Sus funerales se transformaron en una manifestación popular de protesta contra los asesinos del poeta.

El gobierno tomó medidas para impedirlo, prohibiéndolo de inmediato. La prensa no podía escribir sobre la muerte de Pushkin ni sobre sus valores o actividades literarias. Los estudiantes fueron alejados del funeral a la fuerza; los esbirros armados del zar rodearon el ataúd y lo sacaron clandestinamente, engañando a la multitud. De la misma manera fue trasladado a un cementerio, cerca de la aldea de Mijailovski, el 3 de febrero de 1837. Turgueniev y un tío de Pushkin fueron los únicos hombres que lograron permiso para poder acompañar sus restos.

Su entierro revela el carácter deliberado de las calumnias tejidas posteriormente sobre los últimos años del poeta, haciéndolo aparecer como un león domado. Su entierro es una acusación incontestable y subraya el asesinato organizado por la corte del zar contra el poeta.

Pushkin fue el poeta de los decembristas y representó, por su comprensión de las fuerzas renovadoras de Rusia, el ala izquierda de este movimiento. Se suele decir que los decembristas miraban con recelo a los jacobinos, temiendo un
movimiento similar en Rusia. Esta apreciación no le llega al gran poeta ruso, que amó y cantó la lucha revolucionaria campesina de vuelo y violencia, como el movimiento de Emelian Pugachov o de Dubrovski y que no se sometió ni se dejó comprar jamás por los halagos de Nicolás I.

Pushkin fue el poeta más genial de su época, el primer gran escritor ruso y el creador de su literatura.

Aleksander S. Pushkin, 1827, Vasily A.Tropinin

Aleksander S. Pushkin, 1827, Vasily A.Tropinin

Aleksander Pushkin a los 14 años recitando un poema ante Derzhavin en el Liceo Imperial de Tsárskoye Seló (1911) Iliá Repin

SAN PETERSBURGO

Pushkin llega a San Petersburo en el verano del año 1897, a los dieciocho años de edad.
El torbellino de la vida política y literaria lo atrae y lo absorbe. La sociedad clandestina de los decembristas, que en aquel tiempo llevaba el nombre de “La Unión de los Salvadores” lo influencia, como también el eco de las gloriosas guerrillas españolas, inspiradas en un espíritu antifeudal, de independencia nacional.
Los poemas de ese período siguen la huella de sus ideas y coinciden por su espíritu con el programa de los liberales decembristas.
Turguéniev y Küchelbaecker afirman su amistad con Pushkin y participan en la peña literaria y social conocida con el nombre de “La Lámpara Verde”, sociedad organizada expresamente por los decembristas con el objeto de propagar sus ideas entre la juventud. En ella Pushkin recita públicamente sus versos revolucionarios.
Los poemas como su Oda a la libertad o La aldea, numerosos epigramas contra el zar y sus esbirros del gobierno, o contra la Iglesia, comenzaron a circular copiados a mano por todo el país. Su influencia era tal que no había sargento que no los conociera de memoria.
Este período fogoso de su vida aparece reflejado en algunos capítulos de su obra Eugene Onegin. A comienzos de 1820 Pushkin termina su poema Ruslan y Ludmila, que fue recibido con las protestas enconadas de la literatura rusa y también con el entusiasmo de los círculos literarios juveniles más avanzados.
Los funcionarios del zar vieron inmediatamente en los versos del poeta un peligro que debían eludir y castigar. En el año 1820 el zar Alejandro I exige el destierro de Pushkin a Siberia o a Solovki. Gracias a la intervención de los amigos de Pushkin, el destierro se reemplaza por el traslado del poeta al sur de Rusia, a la ciudad de Ekaterinoslav, con un puesto en las oficinas del general Insov.

EN EL DESTIERRO

La libertad relativa había terminado. La condena estremece la sensibilidad del joven poeta y al llegar a Ekaterinoslav cae enfermo. Aunque su mal es leve, sus amigos logran sacarlo de las oficinas del general Isnov y llevárselo al Cáucaso  donde, gracias a una cura de aguas minerales, se restablece algo, para pasar pronto a las playas de Crimea.
Gogol escribió algunas palabras sobre la estadía de Pushkin en el Cáucaso y en Crimea, subrayando el papel que desempeñaron en su destino poético esas tierras, donde las fronteras de Rusia se diferencian tanto de sus tierras interiores y donde todo adquiere caracteres grandiosos; allí donde la llanura de Rusia se corta por desfiladeros y montañas eternamente cubiertas con nieve o con playas soleadas y arenosas. El nuevo paisaje despertó en él las fuerzas de su alma y rompió las cadenas, las últimas cadenas que pesaban sobre su libepensamiento. Le atraía la vida poética de los serranos rebeldes, sus motines y sus correrías y, desde aquel momento, los pinceles del escritor adquieren más colorido, rapidez y audacia. El joven comenzaba a vivir y ya asombraba a Rusia… Él es el único poeta que ha cantado al Cáucaso con tanto fervor; estaba enamorado con toda su alma de sus bellezas, del paisaje maravilloso, del cielo azulino del sur, de las llanuras prodigiosas de Georgia, sus noches y sus jardines estupendos. Tal vez su obra más sentida es aquella inspirada por la grandeza del sur de Rusia. Allí, sin quererlo, se manifestó toda su fuerza y es por ello que sus poemas inspirados en el Cáucaso o en la vida y las noches de Crimea han tenido una fuerza tan mágicas.
Estas palabras de Gogol evitan otros comentarios, pero no estaría de más agregar la coincidencia de que en este período, Pushkin se entusiasma con la lectura de los poemas de Byron. Su ambiente no es el de salón. Los hombres sencillos del pueblo inspiran al poeta. Allí escribió El prisionero del Cáucaso, y en Crimea La fuente de Bajchisarai, poema este último inspirado en una leyenda tártara que data de la época del dominio del Jan Jirei de Crimea.

Autorretrato de Pushkin con Onegin en la orilla del río Neva

Obligado a volver a las oficinas del general Insov, que se traslada a la ciudad de Kichinev, Besarabia, se coloca al poeta frente a otro ambiente. Allí conoce la vida de los gitanos y su idioma, como también las canciones regionales que inspiraron la obra Los gitanos. Allí también comienza los primeros capítulos de su novela en verso Eugene Onegin.
Pero su actividad no se limita a la literatura. Amigo del jefe de la sociedad decembrista local, se pone en contacto con todas sus actividades, guardándose en todo lo posible del control de sus censores. De aquí que muchas de sus actividades hayan sido descubiertas después de varias décadas, al hurgar la correspondencia de sus contemporáneos.
Pushkin sigue con interés todos los movimientos revolucionarios europeos. Está al corriente del movimiento y de la columna de Riego en España, de la insurrección en Nápoles, de la lucha de los griegos por su independencia y del movimiento constitucionalista en Alemania. Pushkin está seguro de que el pueblo saldrá triunfante en todas esas luchas.

“Antes, los pueblos peleaban unos contra otros, ahora es el rey de Nápoles el que lucha contra el pueblo, o el de Prusia, o el de España. Es indudable que el fin de esas contiendas estará de parte de los justos.” A. Pushkin.

Pero las esperanzas de Pushkin sobre el movimiento revolucionario de Europa fueron defraudadas por los acontecimientos. La reacción fue más fuerte. Un sentimiento profundo de amargura inspira los poemas dedicados a este período, especialmente cuando la represión en Rusia comienza a dar sus heroicas víctimas. Una ola de detenciones, inclusive de sus amigos y parientes, lo impresiona. Logra trasladarse -siempre en calidad de desterrado- a otra ciudad. Al partir para Odesa no abandona su fe en la lucha social. Lo demuestran sus borradores escritos en 1823, llenos de fogosos llamamientos a la lucha.

El 15 de febrero de 1812 en Killingly, Connecticut, nació Charles Lewis Tiffany. A los 15 años empezó a trabajar en la tienda de su padre y en 1837 hizo las maletas y se marchó a Nueva York con su amigo John Young y unos 1000 dólares que les habían prestado. Con ellos, abrieron una pequeña tienda en Broadway llamada “Tiffany, Young and Ellis”, que operaba como  “stationery and fancy goods emporium” (vendían artículos de papelería y otros objetos lujosos y de alta calidad). 

En 1853 Charles Lewis Tiffany tomó el control del negocio y la tienda empezó a llamarse Tiffany & Co. 

Por una de las casualidades de la vida, en 1858 Charles empezó a fabricar él mismo una especie de souvenirs con unos cables y desde entonces el negocio comenzó a prosperar.

Durante la Guerra de Secesión (1861-1865) se dedicaron a fabricar espadas y medallas condecorativas. Esto, unido a la incansable búsqueda de objetos únicos y exclusivos de Charles Tiffany cautivó y fascinó a la gente adinerada de Nueva York. 

Cuando acabó la Guerra Tiffany se especializó en el comercio de objetos de oro, plata y piedras preciosas y además estableció el estándar de la plata de ley 925*.

En 1867 Tiffany & Co. obtuvo el Premio al Mérito en la Exposition Universelle de París, convirtiéndose en la primera empresa estadounidense en obtener el reconocimiento de un jurado europeo. Su fama terminó de extenderse por todo el mundo cuando en 1887 la tienda obtuvo algunas de las joyas de la Corona de Francia y la prensa apodó a Charles “el rey de los diamantes”.

Charles Lewis Tiffany murió el 18 de febrero de 1902, dejando a sus herederos un negocio de 35 millones de dólares y de renombre mundial. La joyería se hizo cada vez más exclusiva, y en 1940 se estableció en una esquina de la Quinta Avenida de Nueva York. Hoy la que se considera la casa de diseño más importante de Estados Unidos y la principal joyería del mundo, tiene sucursales repartidas por todo el globo. 

Aunque el primer día de trabajo cerró la caja con unas ventas de 4’98 dólares, el mundo de las joyas y los artículos de lujo nunca volvería a ser el mismo.

Tiffany & Co. en la Quinta Avenida

*La plata pura es demasiado blanda por su cuenta, así que necesita una aleación con otro metal, generalmente cobre. La norma de calidad para la plata que estableció Tiffany fue una proporción mínima de 92’5% de plata pura dejando el 7’5% restante a la aleación del otro metal. Esta “norma” sigue vigente hoy en día. 

Retrato de la marquesa de Santa Cruz (1805) Francisco de Goya

Este lienzo es uno de los más bellos y sensuales pintados por Goya. Se trata del retrato de doña Joaquina Téllez-Girón Alonso-Pimentel, Condesa de Osilo, marquesa de Santa Cruz de Mudela, camarera mayor de Palacio con la reina regente María Cristina y aya de Isabel II y de su hermana.
Esta muchacha era la segunda hija de los Duques de Osuna y su madre, la Condesa-Duquesa de Benavente, le regaló este retrato como regalo de boda cuatro años después de que esta tuviera lugar en 1801. La relación de amistad de la familia Osuna con Goya dio lugar a este maravilloso retrato. Es una de las obras goyescas más aplaudidas por la crítica y unánimemente reconocidas como obra maestra, prácticamente desde el mismo momento de su ejecución, ya que es el único retrato femenino mencionado explícitamente por Javier Goya en una breve biografía de su padre que escribió en 1831.
Pero vayamos a lo que íbamos. Este lienzo, La abuela en camisón, como afectuosamente se la denominaba en la familia al perder la memoria de su significado, permaneció dentro de la familia de los marqueses de Santa Cruz hasta principios del siglo XX.
A finales del XIX era propiedad del hijo de los marqueses, el conde de Pie de Concha. A su muerte, lo heredaron sus sobrinos, los hermanos Silva y Fernández de Henestrosa -María Luisa de Silva (casada con el infante Fernando de Baviera), María Josefa de Silva, y su hermano, el marqués de Zahara-, copropietarios del mismo durante la exposición Goya en el Prado celebrada en 1928.
En 1940, recién terminada la Guerra Civil, el gobierno de Franco decidió entregar dos obras representativas del arte español a Mussolini y a Hitler, como recuerdo de su apoyo en la contienda. Para el comité de este affaire se nombró una pequeña comisión formada por dos prestigiosos profesores, J. Martínez Santaolalla y el marqués de Lozoya, arqueólogo e historiador del arte respectivamente. Se determinó entonces la compra por 1.000.000 de pesetas del Retrato de la marquesa de Santa Cruz que, además de lucir una esvástica en la lira-guitarra, era un cuadro de apariencia académica, un punto neoclásico en el tema y de bellísima ejecución. No obstante, el giro de los acontecimientos dejó en suspenso la entrega. A cambio se enviaron a Alemania dos fíbulas de oro visigodas. Mientras, el retrato siguió en el Palacio de El Pardo.
Terminada la II Guerra Mundial, se depositó en El Prado y luego se tomó la decisión de venderlo. A juicio del entonces director de la pinacoteca, Álvarez de Sotomayor, el cuadro “no aportaba nada nuevo” a las colecciones de Goya (se rumoreaba además que en los Estados Unidos se había descubierto un ejemplar mejor, actualmente en el County Museum de Los Ángeles); el marqués de Lozoya, a la sazón director general de Bellas Artes, propuso venderlo en Inglaterra y con su producto adquirir pintura británica. Por fortuna, un coleccionista vizcaíno, Félix Fernández Valdés, entregando una suma mayor, lo recuperó en el Reino Unido, pensando en donarlo al Museo de Bilbao.
Pero no fue así y el retrato de doña Joaquina residió casi 40 años en Neguri (Vizcaya). A la muerte del coleccionista vizcaíno en 1980, lo heredó su hija María Mercedes Fernández Valdés, quien en 1983 lo vendió a Antonio Saorín Bosch -comerciante mallorquín- en Madrid por la cantidad de 25.000.000 de pesetas, haciendo constar en el contrato que el cuadro era inexportable, aspecto que no se respetó. Este último propietario sacó la obra de España el 6 de abril de 1983.
El 11 de abril de 1985 el Retrato de la marquesa de Santa Cruz fue comprado en Zurich por lord Wimborne, quien, según sus declaraciones, entabló contacto con el gobierno español para ofrecerle el retrato en ventajosas condiciones. El escándalo saltó a la prensa y las noticias procedentes de Inglaterra indicaban que Wimborne tenía intención de subastar la obra en la sala Christie’s de Londres. Considerando que la pintura había sido exportada ilegalmente y reconocida esta ilegalidad por la corte inglesa en fallo del 11 de marzo de 1986, el gobierno español llegó al acuerdo de compensar económicamente al propietario con 6.000.000 de dólares -equivalentes a unos 900.000.000 de pesetas al cambio de la época-, cantidad que fue hecha efectiva por la administración del Estado y diversas instituciones privadas. Finalmente, tras su azarosa peripecia, el retrato ingresó definitivamente en el Museo del Prado el 18 de abril de 1986 y fue inventariado con el número “Inv. 7070”.


“De todas las preguntas que plantea el Holocausto, una de las más desconcertantes es: ¿Por qué cooperaron los judíos en su propia destrucción?. De grado o por fuerza, de forma consciente o inconsciente, los judíos ayudaron a los nazis en todas las etapas de su propia persecución. Les entregaron listas detalladas de todas las personas de origen judío, seleccionaron a los que debían ir en cada transporte y extendieron las correspondientes citaciones, y fueron responsables en gran parte de la administración interna de campos de tránsito como Terezín haciendo cumplir las normas alemanas y castigando a quienes intentaban escapar. En los campos de la muerte como Auschwitz, los judíos eran conducidos a las cámaras de gas por kapos judíos. De los seis millones de judíos que se calcula que murieron en el Holocausto, la inmensa mayoría fueron a la muerte mansamente, sin protestar. Salvo raras excepciones, como la insurrección del gueto de Varsovia en abril de 1943, hubo pocas rebeliones abiertas contra el genocidio nazi.”

Michael Dobbs, Madeleine Albright

Y es que el objetivo final de la política nazi se mantenía en secreto. Del mismo modo en que los políticos de Europa Occidental deseaban creer en las promesas de Hitler (en relación a sus conquistas y su política expansiva), también los líderes judíos eran reacios a dar crédito a los rumores que circulaban por toda Europa durante la II Guerra Mundial, sobre la existencia de cámaras de gas y hornos crematorios.

A esto hay que añadir la tremenda habilidad de Hitler para las técnicas represivas y de intimidación. El Führer había pasado muchos años perfeccionándolas. Estaban cuidadosamente calculadas para reducir la resistencia al mínimo. El proceso constaba de varias etapas alternas que consistían en aterradoras palizas o tranquilizadoras falsas esperanzas. Se hacía creer a las víctimas que lo peor había pasado ya y que la resistencia sólo desembocaría en peores represalias.

El terror nazi era como un nudo corredizo, suelto al principio pero que gradualmente se iba tensando. Si la víctima se removía contra la soga, ésta se estrechaba súbitamente, quizá de forma fatal. Si decidía no luchar, al menos le quedaba un cierto margen para respirar. Cuando comprendía lo que estaba ocurriendo, era demasiado tarde.” (Michael Dobbs).

Todo respondía a un plan. Imaginemos que los nazis, nada más anexionarse para el III Reich países como Polonia o Checoslovaquia, entre 1938 y 1939, hubieran empezado a deportar a los judíos en masa a los campos de concentración. Pues se habría provocado un levantamiento importante, ya que, por ejemplo en Checoslovaquia, la población judía correspondía a un nada desdeñable 34% de la población total del país.

Pero los nazis fueron lo suficientemente hábiles como para trabajar por etapas. La primera etapa consistía en crear un clima de aprensión y prejuicios donde se concibiera a los judíos como seres infrahumanos a los que por consiguiente no merecía la pena defender. Después venía la discriminación y segregación: obligar a los judíos a vivir en zonas específicas de las ciudades (guetos) y la insistencia desde 1941 por parte de los nazis en que los judíos mayores de seis años debían coserse en el lado izquierdo de la ropa visible, sobre el corazón, una estrella amarilla del tamaño de la palma de la mano, con la palabra jude (judío) en negro. En este punto comenzaban las deportaciones a campos “de tránsito”, que no eran más que un preludio de la aniquilación física. Desde la distancia en el tiempo vemos cómo cada etapa, cada eslabón, conduce efectivamente al siguiente, pero en aquel presente no era tan evidente para las víctimas de la persecución nazi.

Por si esta situación no fuera lo suficientemente desfavorable para los judíos, en 1940 los alemanes promulgaron unos decretos que obligaban a los judíos a vender sus negocios a los “arios”, empezaron a aparecer periódicos antisemitas en las calles e incluso, en Praga, se inauguró una exposición patrocinada por la Gestapo titulada “Los judíos como enemigos de la humanidad”, llena de difamaciones sobre supuestos crímenes rituales -una de estas calumnias aseguraba que los judíos asesinaban cristianos para hacer el pan de la Pascua con su sangre-. Al mismo tiempo empezaron a sufrir pequeñas vejaciones, como la prohibición de entrar en piscinas y baños públicos, en todos los hoteles y algunos restaurantes. Además, debían colocarse en el fondo del segundo vagón en los tranvías y tampoco podían entrar en los cines ni ir a los teatros. El número de prohibiciones era asombroso. Se conserva una lista elaborada por un judío de Praga llamado Jiří Orten en el que además de estas prohibiciones, él recuerda las siguientes:

“Se me prohíbe salir de casa después de las ocho de la tarde.

Se me prohíbe alquilar un apartamento a mi nombre.

Se me prohíbe ir a parques y jardines.

Se me prohíbe ir a los bosques del municipio.

Se me prohíbe viajar fuera de los límites de la ciudad de Praga.

Se me prohíbe comprar en cualquier tienda excepto entre las once de la mañana y la una, y entre las tres de la tarde y las cinco.

Se me prohíbe actuar en una representación o tomar parte en cualquier otra actividad pública.

Se me prohíbe pertenecer a cualquier asociación.

Se me prohíbe ir a cualquier escuela.

Se me prohíbe tener cualquier contacto social [con los checos corrientes] y ellos tienen prohibido asociarse conmigo. No pueden saludarme ni pararse a hablar conmigo, excepto de asuntos básicos (por ejemplo, compras, etc.).”

La maquinaria represiva de los nazis no se paró aquí. Los alemanes exigieron que todos los judíos se registrasen en la Zentralstelle, la oficina central para la “emigración” judía. Después de 1941, cuando la emigración se paralizó por completo (lo que significa que los que no habían encontrado refugio ya no lo encontrarían), se cambió el nombre a la oficina por el de “Oficina Central para la Solución del Problema Judío”. La Zentralstelle daba copias de las listas a la comunidad judía, junto con las normas básicas y los grupos de edad, de las personas que debían ir en cada transporte. Los transportes estaban marcados con letras de la A a la Z (de la Aa a la Az, de la Ba a la Bz, y así sucesivamente). Los alemanes no seleccionaron a las personas que debían ir en cada transporte. Dejaron esta tarea a los líderes judíos…

Lo que vino después no hace falta contarlo.

Vamos a hablar de mercenarios, pero mercenarios en los siglos XIV y XV y concretamente en esa aglomeración de repúblicas, ducados, ciudades y villas que era la Italia de los albores del Renacimiento.  

Por una simple cuestión temporal comenzaremos con el condottiero Giovanni Acuto o, mejor, John Hawkwood, que era su nombre real. Venía del Condado de Essex, en Inglaterra.  Allí luchó por el rey Eduardo III en la Guerra de los Cien Años. Después fundó una banda de mercenarios, la Comunidad del Halcón Blanco, que se alineaba en defensa del estado que pagara mejor. En 1362 fue reclutado por el marqués de Monferrato y así llegó a Italia. También luchó por Pisa y Florencia, ganándose tanto favores como iras. Se enemistó con los Visconti y se ganó las simpatías de la República de Florencia, que le dio como residencia el castillo de Montecchio Vesponi , cerca de Arezzo. Nicolás Maquiavelo italianizó su nombre, Giovanni Acuto. Murió en Florencia en 1394, en cuya catedral fue enterrado con grandes honores, algo nada normal en la República. Puede ser que como era un mercenario, no sería un hombre que se levantara como señor de la ciudad. Más tarde, sus restos fueron trasladados por su hijo a su ciudad natal y, en su memoria, la ciudad de Florencia encargó a Paolo Uccello un retrato ecuestre del condottiero, quien lo realizó en 1436.

Mauruzi Nicolás de Tolentino, tiene una historia similar. Este sí era italiano, nació hacia 1350 en Tolentino. A diferencia de Hawkwood, que venía de familia de sastres, la suya sí era una familia de armas. En 1370, por desacuerdos familiares, huyó de su casa y desde entonces estuvo al servicio de varios soldados de fortuna. En 1407 se puso al servicio de Pandolfo Malatesta, señor de Fano y Cesena. En 1424 era capitán del ejército papal y en 1432 pasó a ser capitán de los ejércitos del Duque de Milán, pero siempre alternando sus servicios al ejército florentino. Después de varios éxitos fue nombrado Capitán General de la República de Florencia en 1431 y fue enviado, en nombre de una coalición de estados, en junio de 1432, a hacer frente a Francesco Sforza en el territorio de la Romaña , donde ganó la Batalla de San Romano. Como Giovanni Acuto, se ganó la ira de los Visconti, y estos le capturaron en 1434 y le tiraron por un barranco.  Murió sólo un año después a consecuencia de las heridas. También fue enterrado en la catedral de Florencia y para su tumba, la ciudad encargó a Andrea del Castagno también un retrato ecuestre, que hizo en 1456 y que “hace pareja” con el de Uccello.

Retrato ecuestre de Giovanni Acuto (1436) Paolo Uccello

Retrato ecuestre de Niccolò da Tolentino (1456) Andrea del Castagno

Después de la I Guerra Mundial (1914-1919), la política de esta etapa de los Estados Unidos se caracterizó por el conservadurismo político y social, y por el florecimiento económico. Norteamérica pudo desarrollar ampliamente su capacidad productiva mientras las potencias de la vieja Europa se iban aniquilando entre sí. El aislacionismo y la prosperidad era lo que importaba. La única diplomacia que contaba era la del dólar. Incluso el Partido Republicano hizo que el Senado se negara a ratificar los Tratados de Paz de Versalles.

Desde 1920 y 1933 el Partido Republicano estará en el poder, y hasta 1929 (año del “Crack” de la Bolsa de Nueva York) el país se beneficiará de una ola de prosperidad sin precedentes.

En el orden social, este período coincidió con un cambio profundo en las costumbres del pueblo norteamericano que se reflejó en múltiples aspectos, pero sobre todo en algunos tan básicos como la vida familiar, la enseñanza y la religión; toda una serie de nuevas fuerzas estaban minando el antiguo sistema de vida. Por otra parte, las divisiones seguían estando presentes: entre el Norte y el Sur, cuestión siempre presente en la política del país; entre protestantes puritanos y católicos, mientras el número de los segundos aumentaba sin cesar gracias a la enorme inmigración irlandesa; entre xenófobos, partidarios de cerrar las puertas a los inmigrantes, y quienes deseaban que siguiera aumentando la afluencia de los mismos.

La inmigración fue un tema candente durante los años 20. Se impusieron severas restricciones que afectaron sobre todo a los países del Este y del Sur de Europa. Bajo el lema “América debe seguir siendo americana”, se exaltó el nacionalismo, poniendo como ejemplo de “hombre americano” al hombre blanco, anglosajón y protestante, frente a otras razas, religiones y culturas. Esto agudizó las discriminaciones dentro del país y en el Sur se produjo un fuerte resurgimiento del Ku-Klux-Klan, que desencadenó violentas campañas contra negros, judíos, intelectuales liberales… Pero este resurgimiento no se limitó al Sur, sino que en el Norte va a florecer con intensidad en aquellos estados donde había un fuerte contingente de población de origen sureño.

Estas persistentes cuestiones se manifestaron en 1919 en un hecho concreto: la aprobación por el Congreso de la “Ley Volstead”, que prohibía fabricar y vender bebidas alcohólicas. Fue la famosa “ley seca” que dividió a los estadounidenses en dos bandos: los wet o húmedos y los dry o secos. El Sur, los protestantes puritanos y los xenófobos se alinearon entre los “secos”, mientras que el Norte, los católicos y los defensores de la inmigración se contaban entre los “húmedos”.

Se difundió la opinión de que el país estaba siendo corrompido por ideas y modos de vida extraños. Se identificó con los inmigrantes la ingesta desenfrenada de alcohol y la insana influencia en el quebrantamiento de las normas morales de la comunidad. El consumo de alcohol era el origen de muchas familias rotas, del absentismo laboral y de la degradación moral. El Estado debía tomar cartas en el asunto. Una de las naciones menos totalitarias de entonces iniciaba claros pasos en contra del desarrollo espontáneo de una sociedad abierta.

La ley se acogió a la XVIII Enmienda de la Constitución y mediante ella, el gobierno republicano intentó, desde esta perspectiva puritana, dar un giro a la moralidad del país.

“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosas del pasado. Las cárceles y los correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno”.

Así comenzaba el discurso del Senador Vosltead cuando en 1920 entraba en vigor la XVIII Enmienda.

Inmediatamente después de su aprobación se destruyeron millones de litros de vino y licores, se clausuraron destilerías y las sentencias de cárcel por delitos relacionados con el alcohol empezaron a crecer.

La Ley Seca no prohibía directamente el consumo de alcohol, pero sí la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas (incluso para la exportación). Una curiosidad es que lo que sí se vendía era el jugo de uva, en forma de “ladrillos” (llamados bricks of wine), dejando los fabricantes en manos del consumidor la decisión de quebrantar o no la ley, fermentando el jugo para la obtención de vino casero.

En las zonas rurales esta ley tuvo una acogida relativamente positiva, pero en las grandes ciudades la oposición popular fue enorme. Resultaba inconcebible, en una tierra orgullosa de sus libertades personales, negar a un adulto responsable su derecho inalienable a comprar e ingerir cualquier cosa que desease. Hubo que rectificar previamente la Constitución. Con la mejor de las intenciones y una ingenuidad espeluznante se modificó la Constitución para desterrar el alcoholismo de la sociedad. Con la XVIII Enmienda constitucional se buscó una solución eficiente y sencilla aplicable a más de cien millones de norteamericanos que poblaban los Estados Unidos por aquel entonces. Nada pudieron hacer los lobbies cerveceros, vinícolas y de los destiladores para mantener sus negocios legalmente.

Aquella prohibición tuvo efectos perversos en el interior del país: se encareció el precio de la bebida, cientos de miles de personas empezaron a fabricar artesanalmente bebidas alcohólicas, se fomentó el mercado negro, muchas veces con bebidas sustitutivas alteradas o altamente tóxicas.

Las tabernas clandestinas y los clubes nocturnos se reprodujeron a gran velocidad, y empezaron a aparecer los contrabandistas de licores, llegando a pasar bebidas a través de las fronteras mexicana y canadiense (la economía de Tijuana creció de forma descomunal ante la demanda de servicios turísticos: los residentes de la parte Norte de la frontera empezaron a buscar en Tijuana opciones de entretenimiento). Algunos fabricaban su propia cerveza o elaboraban ginebra en la bañera. El alcohol industrial se volvía a destilar y se convertía en ginebra y whisky sintéticos, muchos de ellos altamente venenosos, pues con sólo tres vasos podían provocar la muerte, cegueras o parálisis.

Pero la peor consecuencia de la Ley Seca fue la estimulación del crimen organizado. Los inmigrantes sicilianos, napolitanos y sardos, que contaban con una amplia experiencia en el comercio, llamémoslo “informal”, labrada a lo largo de siglos de actividad por el Mediterráneo, recibieron la promulgación de la Ley Seca como un verdadero regalo caído del cielo: se les presentó una inesperada oportunidad de ganancias fabulosas. Realmente Norteamérica era una tierra prometedora para los emprendedores deseosos de arriesgar (el hábil Johnny Torrio o su sucesor, Al Capone, siempre pensaron de sí mismos que eran hombres de negocios).

Estas bandas de traficantes defendían sus intereses a tiro limpio, utilizando con profusión un arma que llegó tarde para participar en la I Guerra Mundial, la metralleta Thompson, más conocida como “Tommy Gun”. Sin la Ley Seca no hubieran existido Elliot Ness y sus “Intocables”. O sí. Pero como simples agentes del Departamento del Tesoro, oscuros funcionarios que no habrían salido nunca de sus oficinas ni alcanzado la categoría de héroes populares.

El poder de estas bandas, cada vez mayor, llevó a enfrentamientos con otras bandas que se dedicaban al mismo negocio. Esta situación desembocó en una guerra entre bandas que acabó con la muerte de 135 personas a manos de otros gángsters. En 1926, Al Capone, habiendo roto ya su relación con su socio, mantiene una reunión con el resto de los grupos mafiosos para alcanzar un acuerdo de cooperación. Pero dos de estas bandas se niegan a participar, siendo sus miembros asesinados en lo que se llamó la Matanza del día de San Valentín, en un garaje, a manos de los secuaces de Capone disfrazados de policías.

Y hablando de policías, también hay que destacar que la violación de esta Ley Seca se vio favorecida además, por la corrupción del gobierno, muy extendida en esa época, ya que se veían beneficiados por grandes sumas de dinero y policías y políticos obtenían beneficios personales con la prohibición (como ahora). El congresista por Texas fue arrestado por haber instalado una destilería en su rancho.

En 1933 finalmente esta ley es derogada, por la Enmienda XXI de la Constitución. Supuso uno de los mayores fracasos en la historia de los Estados Unidos. Miles y miles de personas sufrieron las terribles consecuencias (envenenamientos, muertes, ceguera, parálisis, detenciones… por no mencionar las organizaciones criminales que aún existen en la actualidad, dedicadas principalmente al tráfico de drogas y a la prostitución). El mismo año en que se abolió la Ley Volstead, l crimen violento descendió dos tercios.

La imposición de la Ley Seca y su evidente fracaso ilustran a la perfección algunos de los principios que rigen la historia de esta nación. Pone de manifiesto uno de los puntos débiles de la política y la opinión pública estadounidense: la tendencia a desear el fin sin querer para nada los medios.

Como dijo Homer J. Simpson: (Brindemos) “¡Por el alcohol! Causa y a la vez solución de todos los problemas del mundo.”

¡Salud!