Archivos de la categoría ‘Personajes de antaño’

Después del frío mes de enero en la Sierra Norte de Castilla y antes del período de Carnaval, se celebra en la Villa de Arbancón (Guadalajara) la fiesta de la Candelaria, declarada Fiesta de Interés Turístico Provincial. Cada 2 de febrero un misterioso personaje recorre las calles del pueblo. Es La Botarga, un personaje mágico de raíces tan profundas en Arbancón, que se pierden en la memoria de los tiempos.

La Botarga de Arbancón

La tradición manda que salga en la mitad del invierno. Su presencia tiene que ver con los ritos de fecundación, vinculados a la germinación de los campos y a la fertilidad de la mujer. Mediante el baile y la máscara, La Botarga invoca al Espíritu del Mal, productor de devastadoras tormentas y pertinaces sequías. Cuando consigue atraerle, deja que el Espíritu tome posesión de su persona para así permitir que las fuerzas del Bien, representadas por el Sol, actúen sobre las cosechas y los vientres de las mujeres.

Con su disparatado traje, su máscara terrorífica, campanillas sujetas a la cintura, una cachiporra en una mano, una naranja en la otra y movimientos impúdicos, La Botarga de Arbancón es la prueba viviente del origen ancestral de la Villa. Se le atribuye ascendencia celta prerromana, pero con la llegada del cristianismo, el personaje se convirtió en una especie de bufón, representante de la lujuria, con la misión de recaudar fondos para el mantenimiento de la fiesta, respetando el disfraz, que además está perfectamente documentado en el joven Museo de Historia y Costumbres de Arbancón.

La Botarga, con sus diferentes variantes en el vestuario, es una figura propia del centro y Norte de España aunque, como tradición cristiana, se exportó también a otras regiones del país e Hispanoamérica. Debido posiblemente al carácter rural de estos personajes, en algunas zonas su aparición se ha desplazado hasta el período estival, seguramente relacionándolo con la trashumancia.

Botargas

DESTIERRO, MOSCÚ Y REGRESO A SAN PETERSBURGO

A orillas del mar Negro, nuestro poeta continúa de nuevo su obra literaria interrumpida y completa su instrucción general. Estudia el inglés, el italiano y algo de español. Su cultura llega a ser una de las más sólidas de su época.

Aleksander Pushkin, 1932, Piotr Konchalovski.

El poeta Aleksander Pushkin, 1932, Piotr Konchalovski.

Su nuevo jefe de destierro, el príncipe Voronsov, aumenta sus dificultades. La escasez de dinero, la soledad y la falta de ambiente amistoso, le hacen sufrir más que en otras ciudades. El príncipe era un hombre mezquino, vengativo, que no apreciaba al orgulloso Pushkin, incapaz de servirle de lacayo. Su actitud valiente y brusca comienza a disgustar seriamente a la corte. El príncipe lo humilla a cada instante y trata, por último, de deshacerse de él escribiendo a la corte de San Petersburgo. Pushkin le dedicó a este señor un epigrama que lo caracteriza por entero:

“Semimilord, semicomerciante,
Semisabio, semiignorante,
Semicanalla, pero hay esperanzas
Que algún día sea un canalla entero”.

Acorralado por la corte, el poeta intenta huir al extranjero por la frontera de Constantinopla, pero la censura del príncipe logra interceptar una carta donde habla de estos intentos, además de sus ideas ateístas y otras poco honorables para su gobierno. Voronsov logra una decisión de los ministros ordenando la destitución de Pushkin de la lista de funcionarios, además de su destierro o traslado a la estancia de sus parientes de la gobernación de Pskov, bajo vigilancia policial.

En el mes de julio del año 1824 es trasladado a la aldea de Mijailovski, donde su vida se torna aún más solitaria. Únicamente la visita de sus viejos amigos del Liceo, Puschín y Delvig, rompen la monotonía de su estadía en el lugar.

Las conversaciones con los campesinos, las canciones regionales, que anota con tenacidad, como también la vida de los terratenientes lugareños, van completando la universidad de su vida. Los héroes populares del pasado ruso, como Stepan Razin y Emelian Pugachov, le atraen e inspiran su obra La hija del capitán. Lee la historia de su país en ediciones y enfoques nuevos; vuelve a escuchar también los relatos de su nodriza Arina, que lo deslumbran cada vez más por su poesía auténtica y popular.

Termina algunos poemas ya empezados anteriormente y comienza su tragedia Boris Godunov. Si bien es cierto que en el período del Cáucaso y de Crimea, Byron es el poeta inglés que le acompañaba, ahora es el genial dramaturgo el que le influencia; el gran talento realista de Shakespeare le ayuda a dar forma a sus obras dramáticas.

Un acontecimiento interrumpe sus actividades literarias; el estallido de la insurrección de los decembristas, el 14 de diciembre del año 1825, hace vibrar al poeta con los mejores sentimientos que conmueven al país. La derrota de los decembristas y el trágico destino de sus cabecillas le hace exclamar:

“¡Ahorcados, ahorcados, y ciento veinte amigos y hermanos desterrados; es horrible, camaradas!”.

La influencia de Pushkin entre la juventud, su gloria en aumento, obligan al nuevo zar a una política demagógica de atracción del poeta. De mil maneras trata de atraer al nuevo genio poético de Rusia. Un informe del jefe de los gendarmes al zar, caracteriza esta actitud:

“Pushkin es un apreciable charlatán. Si fuera posible dirigir su pluma y sus conversaciones, nos sería provechoso”.

Nicolás I de Rusia

Nicolás I de Rusia

El zar manda llamar a Pushkin, y el 4 de setiembre de 1826, acompañado por un emisario de aquél, asiste a una ceremonia de Nicolás I en los palacios de la corte.

Calculador e hipócrita, el zar Nicolás I trató de “acariciar al poeta” prometiéndole completa libertad y dispuesto a ser el único censor de su obra. Al mismo tiempo, encargaba al jefe de gendarmes, el príncipe Benckendorf, su vigilancia y la orden prohibitiva de alejarse de la ciudad sin permiso especial.

Confiado en las palabras del zar, Pushkin tuvo la esperanza de poder mejorar la situación de sus camaradas decembristas desterrados, soñando en que el zar retornaría a los días memorables y gloriosos de Pedro el Grande.

El poeta fue defraudado muy pronto.

La situación no había cambiado mucho, inclusive la suya personal, pues cada movimiento suyo era controlado y cada palabra transmitida al príncipe Benckendorf. Un periodista y escritor vendido a la corte servía de espía del poeta, y gran número de sus obras, sometidas a la censura, no llegaban a ser publicadas.

El poeta se sentía cercado en su prisión dorada, y con orgullo exclamaba en sus estrofas: “Jamás seré
esclavo, ni bufón…“. Decenas de estrofas como ésta figuran en su obra de este período.

El poeta se ve obligado a callar, pero en poemas como El talento inútil o Poeta, de los años 1827 y 28, revela su angustia y su desesperación.

Dice Pushkin en uno de estos poemas:

“Desgraciado el país
donde el esclavo y el adulador
rodean al trono,
mientras el cantor elegido por el cielo
debe callar, bajando su mirada altiva”.

La esperanza por un futuro luminoso no lo abandona. En su mensaje famoso dirigido a los decembristas, del año 1827, dice: “Jamás se perderá vuestro esfuerzo y vuestra pena, vuestros elevados ideales y afanes”En su poema Arion vuelve a hablar de sus amigos insurrectos.

Ya en Moscú, Pushkin se relaciona con la familia de Goncharov y se enamora de la bellísima Natalia; en el año 1830 pide la mano de su futura esposa y trata de resolver su situación económica. La pequeña estancia de sus padres arruinados no le proporciona una entrada suficiente para sustentar su futura vida conyugal. Pushkin se convence que la única fuente económica de existencia es su trabajo literario.

Estatua de Aleksander Pushkin y Natalia Goncharova en Moscú

Estatua de Aleksander Pushkin y Natalia Goncharova en Moscú

En viaje de regreso a Moscú, estalla una epidemia de cólera que le impide la entrada a la ciudad. Durante tres meses debe permanecer en el pueblo de Boldin, alejado por suerte de los funcionarios y hombres de la corte. Esos tres meses son de ininterrumpida actividad literaria. Allí termina Mozart y Sallieri, Don Juan o El convidado de piedra, El caballero avaro, El banquete durante la epidemia del cólera y una serie de obras en prosa tituladas Las novelas de Belkin o La historia del pueblo de Go-riujin y muchas otras.

Termina, además, la ya citada Eugene Oneguin, El jefe de estación, obra que revela la vida de un pequeño hombre de tierra adentro, y La historia del pueblo de Goriujin, que pinta la situación de los campesinos y los siervos de Rusia. Obras todas de fino realismo, en las que denota comprender las leyes que rigen la vida y el destino de la gente.

Anulada la prohibición de entrar a Moscú, regresa Pushkin y al poco tiempo se casa. El 18 de febrero del año 1831 une su vida a la hermosa Natalia Goncharova, de quien está apasionadamente enamorado. Al poco tiempo se traslada con su esposa a San Petersburgo, donde los conflictos con la corte se agudizan hasta llevarlo a su fin trágico.

La belleza extraordinaria de Natalia Nicolaevna Goncharova impresiona en los salones y los bailes de la corte de San Petersburgo. Su éxito halaga su vanidad y exige mucho dinero. La situación económica de Pushkin no le permite satisfacer sus deseos, pues, además de su familia, debe mantener a varios parientes suyos y de su mujer. Ya no puede trabajar tranquilamente; se apresura, a menudo no termina sus obras; sin embargo, a pesar de la nerviosidad con que debe escribir, pertenecen a este período obras como El jinete de cobre, La dama de Pique, sus Cuentos, Dubrovski y otros. Participa activamente en “El Diario Literario”, dirigido por su amigo Delvig; funda el periódico “El Contemporáneo”; sigue y aplaude los primeros trabajos críticos de Belinski y trata de invitarlo en calidad de colaborador permanente de su periódico. Pero la muerte interrumpe todos sus planes.

DUELO Y MUERTE

En el año 1834 el zar Nicolás I trata de oficializar aparentemente la situación del poeta en la corte y especialmente el de la mujer de Pushkin, a objeto de controlarlo mejor; pero un título sin importancia no hace más que conseguir el desprecio del escritor. Los esbirros y lacayos del zar se confabulan contra el poeta altivo y rebelde, cuya sátira los inquieta. El poeta leS molesta y quieren deshacerse de él a toda costa.

Los éxitos de su esposa en el mundo social, las atenciones que le proporciona el propio zar y especialmente los galanteos del francés Jorge D’Anthés, escapado de la revolución francesa y protegido por el zar, fueron un pretexto cómodo para envenenar aún más el clima de calumnias contra Pushkin. De las bromas pasaron a la abierta burla, haciéndole la vida
imposible. Todo fue preparado de antemano, hasta los elementos que lo llevaron al duelo. El zar estaba enterado de todo y alentaba las intrigas, inclusive la aparición de un volante insultante contra él. Provocado por todas partes, en un estado extremo de nerviosidad, el poeta le manda los padrinos al señor D’Anthés. Eso era lo que esperaba la corte. Una ocasión para herir mortalmente al gran poeta. Y el 27 de enero del año 1837, junto al río Negro, en los alrededores de San Petersburgo, D’Anthés hirió de muerte al poeta.

Después de horribles días de sufrimiento, a las dos horas y cuarenta y cinco minutos del 29 de enero dejó de existir Aleksander S. Pushkin.

Sus verdugos recibieron con júbilo la noticia de su muerte. Pero el pueblo, o mejor dicho lo más democrático y de la vanguardia de él, recibieron la noticia con pesar tan evidente que el día de su muerte se ha transformado en Rusia en uno de los días de luto nacional para los amantes de la poesía y de la libertad.

Pushkin en el ataúd, 1837, Feodor Bruni

Pushkin en el ataúd, 1837, Feodor Bruni

Mientras su cuerpo permaneció velado durante tres días en su casa, una peregrinación de hombres de toda situación social desfiló ante su ataúd; mujeres, viejos y niños, estudiantes, maestros y haraposos campesinos le llevaron su último saludo.

Sus funerales se transformaron en una manifestación popular de protesta contra los asesinos del poeta.

El gobierno tomó medidas para impedirlo, prohibiéndolo de inmediato. La prensa no podía escribir sobre la muerte de Pushkin ni sobre sus valores o actividades literarias. Los estudiantes fueron alejados del funeral a la fuerza; los esbirros armados del zar rodearon el ataúd y lo sacaron clandestinamente, engañando a la multitud. De la misma manera fue trasladado a un cementerio, cerca de la aldea de Mijailovski, el 3 de febrero de 1837. Turgueniev y un tío de Pushkin fueron los únicos hombres que lograron permiso para poder acompañar sus restos.

Su entierro revela el carácter deliberado de las calumnias tejidas posteriormente sobre los últimos años del poeta, haciéndolo aparecer como un león domado. Su entierro es una acusación incontestable y subraya el asesinato organizado por la corte del zar contra el poeta.

Pushkin fue el poeta de los decembristas y representó, por su comprensión de las fuerzas renovadoras de Rusia, el ala izquierda de este movimiento. Se suele decir que los decembristas miraban con recelo a los jacobinos, temiendo un
movimiento similar en Rusia. Esta apreciación no le llega al gran poeta ruso, que amó y cantó la lucha revolucionaria campesina de vuelo y violencia, como el movimiento de Emelian Pugachov o de Dubrovski y que no se sometió ni se dejó comprar jamás por los halagos de Nicolás I.

Pushkin fue el poeta más genial de su época, el primer gran escritor ruso y el creador de su literatura.

Aleksander S. Pushkin, 1827, Vasily A.Tropinin

Aleksander S. Pushkin, 1827, Vasily A.Tropinin

Aleksander Pushkin a los 14 años recitando un poema ante Derzhavin en el Liceo Imperial de Tsárskoye Seló (1911) Iliá Repin

SAN PETERSBURGO

Pushkin llega a San Petersburo en el verano del año 1897, a los dieciocho años de edad.
El torbellino de la vida política y literaria lo atrae y lo absorbe. La sociedad clandestina de los decembristas, que en aquel tiempo llevaba el nombre de “La Unión de los Salvadores” lo influencia, como también el eco de las gloriosas guerrillas españolas, inspiradas en un espíritu antifeudal, de independencia nacional.
Los poemas de ese período siguen la huella de sus ideas y coinciden por su espíritu con el programa de los liberales decembristas.
Turguéniev y Küchelbaecker afirman su amistad con Pushkin y participan en la peña literaria y social conocida con el nombre de “La Lámpara Verde”, sociedad organizada expresamente por los decembristas con el objeto de propagar sus ideas entre la juventud. En ella Pushkin recita públicamente sus versos revolucionarios.
Los poemas como su Oda a la libertad o La aldea, numerosos epigramas contra el zar y sus esbirros del gobierno, o contra la Iglesia, comenzaron a circular copiados a mano por todo el país. Su influencia era tal que no había sargento que no los conociera de memoria.
Este período fogoso de su vida aparece reflejado en algunos capítulos de su obra Eugene Onegin. A comienzos de 1820 Pushkin termina su poema Ruslan y Ludmila, que fue recibido con las protestas enconadas de la literatura rusa y también con el entusiasmo de los círculos literarios juveniles más avanzados.
Los funcionarios del zar vieron inmediatamente en los versos del poeta un peligro que debían eludir y castigar. En el año 1820 el zar Alejandro I exige el destierro de Pushkin a Siberia o a Solovki. Gracias a la intervención de los amigos de Pushkin, el destierro se reemplaza por el traslado del poeta al sur de Rusia, a la ciudad de Ekaterinoslav, con un puesto en las oficinas del general Insov.

EN EL DESTIERRO

La libertad relativa había terminado. La condena estremece la sensibilidad del joven poeta y al llegar a Ekaterinoslav cae enfermo. Aunque su mal es leve, sus amigos logran sacarlo de las oficinas del general Isnov y llevárselo al Cáucaso  donde, gracias a una cura de aguas minerales, se restablece algo, para pasar pronto a las playas de Crimea.
Gogol escribió algunas palabras sobre la estadía de Pushkin en el Cáucaso y en Crimea, subrayando el papel que desempeñaron en su destino poético esas tierras, donde las fronteras de Rusia se diferencian tanto de sus tierras interiores y donde todo adquiere caracteres grandiosos; allí donde la llanura de Rusia se corta por desfiladeros y montañas eternamente cubiertas con nieve o con playas soleadas y arenosas. El nuevo paisaje despertó en él las fuerzas de su alma y rompió las cadenas, las últimas cadenas que pesaban sobre su libepensamiento. Le atraía la vida poética de los serranos rebeldes, sus motines y sus correrías y, desde aquel momento, los pinceles del escritor adquieren más colorido, rapidez y audacia. El joven comenzaba a vivir y ya asombraba a Rusia… Él es el único poeta que ha cantado al Cáucaso con tanto fervor; estaba enamorado con toda su alma de sus bellezas, del paisaje maravilloso, del cielo azulino del sur, de las llanuras prodigiosas de Georgia, sus noches y sus jardines estupendos. Tal vez su obra más sentida es aquella inspirada por la grandeza del sur de Rusia. Allí, sin quererlo, se manifestó toda su fuerza y es por ello que sus poemas inspirados en el Cáucaso o en la vida y las noches de Crimea han tenido una fuerza tan mágicas.
Estas palabras de Gogol evitan otros comentarios, pero no estaría de más agregar la coincidencia de que en este período, Pushkin se entusiasma con la lectura de los poemas de Byron. Su ambiente no es el de salón. Los hombres sencillos del pueblo inspiran al poeta. Allí escribió El prisionero del Cáucaso, y en Crimea La fuente de Bajchisarai, poema este último inspirado en una leyenda tártara que data de la época del dominio del Jan Jirei de Crimea.

Autorretrato de Pushkin con Onegin en la orilla del río Neva

Obligado a volver a las oficinas del general Insov, que se traslada a la ciudad de Kichinev, Besarabia, se coloca al poeta frente a otro ambiente. Allí conoce la vida de los gitanos y su idioma, como también las canciones regionales que inspiraron la obra Los gitanos. Allí también comienza los primeros capítulos de su novela en verso Eugene Onegin.
Pero su actividad no se limita a la literatura. Amigo del jefe de la sociedad decembrista local, se pone en contacto con todas sus actividades, guardándose en todo lo posible del control de sus censores. De aquí que muchas de sus actividades hayan sido descubiertas después de varias décadas, al hurgar la correspondencia de sus contemporáneos.
Pushkin sigue con interés todos los movimientos revolucionarios europeos. Está al corriente del movimiento y de la columna de Riego en España, de la insurrección en Nápoles, de la lucha de los griegos por su independencia y del movimiento constitucionalista en Alemania. Pushkin está seguro de que el pueblo saldrá triunfante en todas esas luchas.

“Antes, los pueblos peleaban unos contra otros, ahora es el rey de Nápoles el que lucha contra el pueblo, o el de Prusia, o el de España. Es indudable que el fin de esas contiendas estará de parte de los justos.” A. Pushkin.

Pero las esperanzas de Pushkin sobre el movimiento revolucionario de Europa fueron defraudadas por los acontecimientos. La reacción fue más fuerte. Un sentimiento profundo de amargura inspira los poemas dedicados a este período, especialmente cuando la represión en Rusia comienza a dar sus heroicas víctimas. Una ola de detenciones, inclusive de sus amigos y parientes, lo impresiona. Logra trasladarse -siempre en calidad de desterrado- a otra ciudad. Al partir para Odesa no abandona su fe en la lucha social. Lo demuestran sus borradores escritos en 1823, llenos de fogosos llamamientos a la lucha.

“Desde la ventana del séptimo piso de un hotel de la calle Gorki de Moscú durante varios años, veía todos los días el monumento a Aleksander Pushkin en la plaza de su nombre, envuelto en cielos jubilosos o nubes de tormenta.
¡Cuántas ideas y sensaciones me sugería su altiva figura de bronce pensativo, rodeada del respeto y del amor de los nuevos hombres rusos!
Pero un monumento no es siempre la acabada expresión del auténtico amor del pueblo. Tal vez un breve telegrama de esta última guerra revele, mejor que todo comentario, hasta qué punto defienden y aman en su país a este genial poeta, parte viva del cuerpo inmortal de Rusia.
Cuenta un escritor soviético, que cuando las huestes hitlerianas mancillaron las tierras de su patria, en uno de los frentes, el joven oficial de artillería A. Stepanenko, cada vez que ordenaba hacer fuego a su batería, exclamaba a sus soldados:
-¡POR STALIN, POR PUSHKIN, FUEGO!

Monumento a Alksander Pushkin en la Plaza Pushkin de Moscú (1880)

Aleksander Pushkin (1800-1802), Xavier de Maistre

Aleksander Sergeyevich Pushkin nació en Moscú el 26 de mayo de 1799.
Su padre, Sergei Lvóvich Pushkin, fue figura destacada en los círculos de la nobleza, pero para los años en que naciera el poeta, ya no ocupaba ningún puesto representativo y oficial.
Su madre, Nadiézda Osipovna, era la nieta de Ibraguin, el famoso negro esclavo de Pedro el Grande, traído de Abisinia y más tarde liberado por el zar, y conocido con el nombre de Abraham Petróvich Annibal.
Aleksander S. Pushkin ha caracterizado repetidas veces en su obra a sus ascendientes, subrayando siempre el espíritu rebelde de los Pushkin, impulsivo, independiente e insumiso frente al absolutismo.
Sus padres no se distinguieron particularmente por esta cualidad, ni ninguna otra muy sobresaliente. La vida social, pueril y festiva los absorbía, dejando la educación de sus hijos en manos de nodrizas, parientes o maestros.
Ajenos a la influencia directa de sus padres, crecieron su hermana Olga, su hermano Leon y el pequeño Aleksander.
El infatigable espíritu de curiosidad del pequeño Aleksander no lograba satisfacerse con cualquier educación. Leía con sed ininterrumpida los libros de la biblioteca de sus padres y la nueva literatura en sus ediciones originales, como también la literatura clásica francesa. Moliére y Voltaire ejercen sobre él enorme influencia, como todas las corrientes enciclopedistas.
Un tío del poeta le ayuda a descubrir su vocación por la literatura y a dar los primeros pasos. Vasisli L. Pushkin desempeña en el desarrollo juvenil del poeta un papel maravilloso e inapreciable.
Sin embargo, el deseo de afrancesar su cultura hubiera podido deformar la auténtica vocación y personalidad del poeta, pero otras influencias más valiosas lograron afirmarse. En la casa de su abuela, donde solía pasar semanas enteras o visitar con frecuencia, escuchaba de labios de ella leyendas y cuentos maravillosos del pasado ruso, relatados en un idioma netamente eslavo.
Otros tíos de Aleksander, que llevaban una vida más campesina, modelaron su imaginación y su amor por la vida rusa. Su célebre nodriza, Arina Rodiónovna, despertó en el niño desde su infancia el cariño por los cuentos y leyendas populares. La ternura y los cuidados de la nodriza han desempeñado en la personalidad de Pushkin un papel tal vez más importante que muchos libros y corrientes consagradas de su tiempo. El poeta siempre recordó a su nodriza con gran cariño, aun después de muerta, y su figura fue cantada a través de diferentes personajes de su obra. El niño comienza por hacer versos en francés y en ruso, aun antes de entrar en el Lyceum, en el año 1811.

EL LICEO IMPERIAL EN TSARSKOYE SELO:
El Liceo de su tiempo era una institución privilegiada para la preparación de los hijos de la nobleza. Los estudiantes deberían ser futuros hombres de Estado. Seis años de estudio en esta institución, con un régimen severo de internado, desvinculando a los estudiantes del mundo exterior debían formar funcionarios, futuros hombres adictos al régimen zarista.
No obstante la confabulación del régimen religioso, moral y político del internado, las ideas enciclopedistas y de vanguardia que soplaban por el mundo desde los Pirineos, lograron atravesar sus murallones.
Por suerte, no todos los profesores se proponen obtener de los estudiantes futuros funcionarios. Algunos, como A. Kunisin, despedido más tarde por librepensador, ejercieron durante el periodo de su estudio una influencia benéfica. Su prédica a favor de la libertad del individuo y de las libres manifestaciones del pensamiento y la libertad humana eran recibidas por el joven Aleksander con evidente entusiasmo. En varios poemas, Pushkin recuerda con cariño a aquel profesor que echó nuevas semillas en su naturaleza fecunda. También ejerció una influencia positiva el profesor A. Galich, catedrático de literatura rusa y latina, liberal y humanista, que aprobó y alentó los primeros comienzos del poeta. Un hermano de Marat (el famoso líder de la Revolución Francesa), profesor también de este Liceo, contribuyó, sin duda, a su formación de librepensador.
Además, sus compañeros de estudio V. Küchelbaecker e I. Puschin, posteriormente destacados decembristas e íntimos amigos del joven Aleksander, afirmaron en él su odio contra el yugo feudal y la servidumbre de su tiempo. Esas amistades, que jamás se rompieron, ayudaron al poeta a comprender las ideas cumbre de su tiempo.
Precisamente en el Liceo va definiendo su talento poético, junto a sus amigos Delvig, Küchelbaecker, Korsakov y otros, llenando de versos cuartillas de cuadernos que pasan de mano en mano en el Liceo y en los que Pushkin participa activamente. En el transcurso de sus años de estudio, Pushkin escribe aproximadamente ciento veinte poemas, acogidos con entusiasmo por sus compañeros, que lo van consagrando. Ya en el año 1814 (cuando contaba 15 años) aparece publicado uno de sus primeros versos en la revista “El Noticioso de Europa”.
Con frecuencia aparecen sus poemas en las revistas y comienzan a llamar la atención de las eminencias literarias de su tiempo, como Karamzin y Yucovski, a quienes conoce personalmente y que lo llevan a la peña literaria de “Arzamas”.
Esta sociedad literaria unificaba en su seno a escritores de las más diversas ideologías, pero dispuestos a luchar contra la tendencia reaccionaria de Chichkov, retrógrado y rutinario en la literatura y en la política del país. Su permanencia en esta organización lo puso en contacto con gente ya definida y, aunque esta peña literaria duró solo tres años, ha sido un comienzo benéfico para el joven poeta. A pesar del encierro del Liceo, Pushkin logra hacerse socio de ésta y leer sus poemas.
El gran escritor Deryabin, que presenció su examen de Literatura en el último curso del Liceo, alentó el talento evidente del joven discípulo, que recitó ante él algunos de sus primeros poemas.
En el año 1817 termina Pushkin sus estudios con la modesta recomendación “para servir de secretario de un ministerio”.
El joven no sueña con una carrera acomodada. Guarda su gorro frigio y su vehemente corazón de poeta dispuesto a hablar con la vida y la Historia frente a frente.

CONTINUARÁ EN SAN PETERSBURGO…

El 15 de febrero de 1812 en Killingly, Connecticut, nació Charles Lewis Tiffany. A los 15 años empezó a trabajar en la tienda de su padre y en 1837 hizo las maletas y se marchó a Nueva York con su amigo John Young y unos 1000 dólares que les habían prestado. Con ellos, abrieron una pequeña tienda en Broadway llamada “Tiffany, Young and Ellis”, que operaba como  “stationery and fancy goods emporium” (vendían artículos de papelería y otros objetos lujosos y de alta calidad). 

En 1853 Charles Lewis Tiffany tomó el control del negocio y la tienda empezó a llamarse Tiffany & Co. 

Por una de las casualidades de la vida, en 1858 Charles empezó a fabricar él mismo una especie de souvenirs con unos cables y desde entonces el negocio comenzó a prosperar.

Durante la Guerra de Secesión (1861-1865) se dedicaron a fabricar espadas y medallas condecorativas. Esto, unido a la incansable búsqueda de objetos únicos y exclusivos de Charles Tiffany cautivó y fascinó a la gente adinerada de Nueva York. 

Cuando acabó la Guerra Tiffany se especializó en el comercio de objetos de oro, plata y piedras preciosas y además estableció el estándar de la plata de ley 925*.

En 1867 Tiffany & Co. obtuvo el Premio al Mérito en la Exposition Universelle de París, convirtiéndose en la primera empresa estadounidense en obtener el reconocimiento de un jurado europeo. Su fama terminó de extenderse por todo el mundo cuando en 1887 la tienda obtuvo algunas de las joyas de la Corona de Francia y la prensa apodó a Charles “el rey de los diamantes”.

Charles Lewis Tiffany murió el 18 de febrero de 1902, dejando a sus herederos un negocio de 35 millones de dólares y de renombre mundial. La joyería se hizo cada vez más exclusiva, y en 1940 se estableció en una esquina de la Quinta Avenida de Nueva York. Hoy la que se considera la casa de diseño más importante de Estados Unidos y la principal joyería del mundo, tiene sucursales repartidas por todo el globo. 

Aunque el primer día de trabajo cerró la caja con unas ventas de 4’98 dólares, el mundo de las joyas y los artículos de lujo nunca volvería a ser el mismo.

Tiffany & Co. en la Quinta Avenida

*La plata pura es demasiado blanda por su cuenta, así que necesita una aleación con otro metal, generalmente cobre. La norma de calidad para la plata que estableció Tiffany fue una proporción mínima de 92’5% de plata pura dejando el 7’5% restante a la aleación del otro metal. Esta “norma” sigue vigente hoy en día. 

Retrato de la marquesa de Santa Cruz (1805) Francisco de Goya

Este lienzo es uno de los más bellos y sensuales pintados por Goya. Se trata del retrato de doña Joaquina Téllez-Girón Alonso-Pimentel, Condesa de Osilo, marquesa de Santa Cruz de Mudela, camarera mayor de Palacio con la reina regente María Cristina y aya de Isabel II y de su hermana.
Esta muchacha era la segunda hija de los Duques de Osuna y su madre, la Condesa-Duquesa de Benavente, le regaló este retrato como regalo de boda cuatro años después de que esta tuviera lugar en 1801. La relación de amistad de la familia Osuna con Goya dio lugar a este maravilloso retrato. Es una de las obras goyescas más aplaudidas por la crítica y unánimemente reconocidas como obra maestra, prácticamente desde el mismo momento de su ejecución, ya que es el único retrato femenino mencionado explícitamente por Javier Goya en una breve biografía de su padre que escribió en 1831.
Pero vayamos a lo que íbamos. Este lienzo, La abuela en camisón, como afectuosamente se la denominaba en la familia al perder la memoria de su significado, permaneció dentro de la familia de los marqueses de Santa Cruz hasta principios del siglo XX.
A finales del XIX era propiedad del hijo de los marqueses, el conde de Pie de Concha. A su muerte, lo heredaron sus sobrinos, los hermanos Silva y Fernández de Henestrosa -María Luisa de Silva (casada con el infante Fernando de Baviera), María Josefa de Silva, y su hermano, el marqués de Zahara-, copropietarios del mismo durante la exposición Goya en el Prado celebrada en 1928.
En 1940, recién terminada la Guerra Civil, el gobierno de Franco decidió entregar dos obras representativas del arte español a Mussolini y a Hitler, como recuerdo de su apoyo en la contienda. Para el comité de este affaire se nombró una pequeña comisión formada por dos prestigiosos profesores, J. Martínez Santaolalla y el marqués de Lozoya, arqueólogo e historiador del arte respectivamente. Se determinó entonces la compra por 1.000.000 de pesetas del Retrato de la marquesa de Santa Cruz que, además de lucir una esvástica en la lira-guitarra, era un cuadro de apariencia académica, un punto neoclásico en el tema y de bellísima ejecución. No obstante, el giro de los acontecimientos dejó en suspenso la entrega. A cambio se enviaron a Alemania dos fíbulas de oro visigodas. Mientras, el retrato siguió en el Palacio de El Pardo.
Terminada la II Guerra Mundial, se depositó en El Prado y luego se tomó la decisión de venderlo. A juicio del entonces director de la pinacoteca, Álvarez de Sotomayor, el cuadro “no aportaba nada nuevo” a las colecciones de Goya (se rumoreaba además que en los Estados Unidos se había descubierto un ejemplar mejor, actualmente en el County Museum de Los Ángeles); el marqués de Lozoya, a la sazón director general de Bellas Artes, propuso venderlo en Inglaterra y con su producto adquirir pintura británica. Por fortuna, un coleccionista vizcaíno, Félix Fernández Valdés, entregando una suma mayor, lo recuperó en el Reino Unido, pensando en donarlo al Museo de Bilbao.
Pero no fue así y el retrato de doña Joaquina residió casi 40 años en Neguri (Vizcaya). A la muerte del coleccionista vizcaíno en 1980, lo heredó su hija María Mercedes Fernández Valdés, quien en 1983 lo vendió a Antonio Saorín Bosch -comerciante mallorquín- en Madrid por la cantidad de 25.000.000 de pesetas, haciendo constar en el contrato que el cuadro era inexportable, aspecto que no se respetó. Este último propietario sacó la obra de España el 6 de abril de 1983.
El 11 de abril de 1985 el Retrato de la marquesa de Santa Cruz fue comprado en Zurich por lord Wimborne, quien, según sus declaraciones, entabló contacto con el gobierno español para ofrecerle el retrato en ventajosas condiciones. El escándalo saltó a la prensa y las noticias procedentes de Inglaterra indicaban que Wimborne tenía intención de subastar la obra en la sala Christie’s de Londres. Considerando que la pintura había sido exportada ilegalmente y reconocida esta ilegalidad por la corte inglesa en fallo del 11 de marzo de 1986, el gobierno español llegó al acuerdo de compensar económicamente al propietario con 6.000.000 de dólares -equivalentes a unos 900.000.000 de pesetas al cambio de la época-, cantidad que fue hecha efectiva por la administración del Estado y diversas instituciones privadas. Finalmente, tras su azarosa peripecia, el retrato ingresó definitivamente en el Museo del Prado el 18 de abril de 1986 y fue inventariado con el número “Inv. 7070”.


Vamos a hablar de mercenarios, pero mercenarios en los siglos XIV y XV y concretamente en esa aglomeración de repúblicas, ducados, ciudades y villas que era la Italia de los albores del Renacimiento.  

Por una simple cuestión temporal comenzaremos con el condottiero Giovanni Acuto o, mejor, John Hawkwood, que era su nombre real. Venía del Condado de Essex, en Inglaterra.  Allí luchó por el rey Eduardo III en la Guerra de los Cien Años. Después fundó una banda de mercenarios, la Comunidad del Halcón Blanco, que se alineaba en defensa del estado que pagara mejor. En 1362 fue reclutado por el marqués de Monferrato y así llegó a Italia. También luchó por Pisa y Florencia, ganándose tanto favores como iras. Se enemistó con los Visconti y se ganó las simpatías de la República de Florencia, que le dio como residencia el castillo de Montecchio Vesponi , cerca de Arezzo. Nicolás Maquiavelo italianizó su nombre, Giovanni Acuto. Murió en Florencia en 1394, en cuya catedral fue enterrado con grandes honores, algo nada normal en la República. Puede ser que como era un mercenario, no sería un hombre que se levantara como señor de la ciudad. Más tarde, sus restos fueron trasladados por su hijo a su ciudad natal y, en su memoria, la ciudad de Florencia encargó a Paolo Uccello un retrato ecuestre del condottiero, quien lo realizó en 1436.

Mauruzi Nicolás de Tolentino, tiene una historia similar. Este sí era italiano, nació hacia 1350 en Tolentino. A diferencia de Hawkwood, que venía de familia de sastres, la suya sí era una familia de armas. En 1370, por desacuerdos familiares, huyó de su casa y desde entonces estuvo al servicio de varios soldados de fortuna. En 1407 se puso al servicio de Pandolfo Malatesta, señor de Fano y Cesena. En 1424 era capitán del ejército papal y en 1432 pasó a ser capitán de los ejércitos del Duque de Milán, pero siempre alternando sus servicios al ejército florentino. Después de varios éxitos fue nombrado Capitán General de la República de Florencia en 1431 y fue enviado, en nombre de una coalición de estados, en junio de 1432, a hacer frente a Francesco Sforza en el territorio de la Romaña , donde ganó la Batalla de San Romano. Como Giovanni Acuto, se ganó la ira de los Visconti, y estos le capturaron en 1434 y le tiraron por un barranco.  Murió sólo un año después a consecuencia de las heridas. También fue enterrado en la catedral de Florencia y para su tumba, la ciudad encargó a Andrea del Castagno también un retrato ecuestre, que hizo en 1456 y que “hace pareja” con el de Uccello.

Retrato ecuestre de Giovanni Acuto (1436) Paolo Uccello

Retrato ecuestre de Niccolò da Tolentino (1456) Andrea del Castagno

أبو الحسن علي ابن نافع

Ese era el verdadero nombre de Ziryab, pero para entendernos, le llamaremos Abul- Hasan Ali ibn-Nafi. Ziryab significa en árabe “Mirlo” y parece que le llamaron así por su piel morena y su hermosa voz. Cuando nació en Bagdad en el año 789 estaba destinado a ser un mísero comerciante en los zocos, como sus padres, que habían sido esclavos liberados por el califa abbasí al-Mahdi, pero como veremos, se escapó de esta vida. Ziryab practicaba despegadamente aunque con respeto las normas del Islam, pero se entregó a los placeres de la música, la comida, el vino, el amor… y la inteligencia.

En Bagdad fue díscipulo de Ishaq al-Mawsulí, músico predilecto del califa Harun al-Rashid. Así lo describe A. Muñoz Molina:

“Como Giotto en el taller de Cimabue y Leonardo en el de Verrochio, Ziryab es ese discípulo joven y poseído por una gracia innata que deja muy pronto atrás la voluntariosa técnica de su maestro”.

Y este maestro, según se cuenta, sentía algo más que admiración por su pupilo: celos, envidia, rencor. Un odio oculto lo consumía y este sentimiento se vio desatado cuando en cierta ocasión el califa Harun al-Rashid, devoto de la música, pidió a Ishaq al-Mawsulí que le presentara a su mejor discípulo. Fue Ziryab el elegido, pensando el maestro que repetiría mansamente lo que él le había enseñado. Sin embargo, cuando Ziryab se vio ante el califa le dijo: “Sé cantar lo que otros saben pero además sé lo que otros no saben. Si tú quieres, cantaré lo que jamás ha escuchado nadie”.

El califa quiso escuchar esa música desconocida y Ziryab, rechazando el laúd de su maestro, cantó y tocó el laúd que él mismo había frabicado, que tenía cinco cuerdas en lugar de las cuatro habituales y las tocó con una garra de águila y no con el plectro corriente de madera. Desconocemos el sonido de aquella música, pero cuando se hizo el silencio, el califa pidió entusiasmado a Ziryab que cantara otra vez y que volviera de nuevo a palacio. 

Pero Ziryab jamás volvió al palacio de Bagdad y el único que conocía el motivo era el rencoroso y vengativo Ishaq al-Mawsulí. Cuenta Dozy que le dijo a su discípulo:

“Me has engañado indignamente ocultándome toda la extensión de tu talento. Estoy celoso de ti, como lo están siempre los artistas iguales que cultivan el mismo arte. Además, has agradado al califa y sé que pronto vas a suplantarme en su favor. Si no fuera porque te conservo un resto de cariño de maestro, no tendría el menor escrúpulo en matarte. Elige, pues, entre estos dos partidos: o ve a establecerte lejos, jurándome que nunca volveré a oír hablar de ti, o quédate contra mi voluntad, y entonces todo lo arriesgaré para perderte”.

Y Ziryab eligió el destierro. Su virtud le había alzado desde los suburbios de Bagdad al palacio del califa más poderoso del mundo y después le condenó al destierro. Fugitivo, deambuló durante años por las ciudades de Siria, vivió en El Cairo y cruzó desiertos para asentarse en Qayrawan, capital del reino de los aglabíes. Músico errante sin fortuna y poeta mercenario, sin embargo, su fama aumentaba y quienes lo escuchaban ya no podían olvidarlo. Él mismo contaba que sus canciones se las dictaban en sueños los propios ángeles: “Se despertaba de pronto en la oscuridad, encendía una luz, llamaba a su concubina y discípula Ghazlan, que imitaba con el laúd la melodía que él le iba enseñando mientras inventaba o recordaba las palabras del sueño”.

En Qayrawan oyó hablar de la fulgurante Córdoba, donde reinaba el emir al-Hakem I y, ni corto ni perezoso, hizo que le entregaran al emir una carta donde le solicitaba que le acogiera en la corte. La respuesta tardó varios meses en llegar, pero finalmente el emir le invitaba  a emprender inmediatamente el viaje a Córdoba, porque había oído hablar de él y quería conocerle.

Veloz, Ziryab desembarcó el Algeciras, donde lo habían hecho tiempo atrás los primeros musulmanes que llegaron a la península. Nada más poner pie en tierra, en mayo del año 822, Ziryab recibió con estupor la noticia de la reciente muerte del emir al-Hakem I. Parecía que se cebaba en él la mala suerte y, hastiado, buscaba un barco que lo devolviera al Norte de África, preguntándose con desgana cuál sería su final. Entonces se enteró de que alguien iba preguntando por él: el músico judío Abu Nasr Mansur, que venía a recibirlo en nombre del nuevo emir, Abd al-Rahman II, que quería renovar la invitación de su padre y le enviaba una carta y una bolsa llena de monedas de oro. Los años de pregrinación de Ziryab el bagdadí habían terminado.

Ziryab y el emir tenían aproximadamente la misma edad cuando se encontraron y además compartían la misma devoción por los libros, la veneración por la música y el amor por las mujeres. Desde entonces, su amistad duró treinta años. En cuanto Ziryab llegó a Córdoba, el emir le ofreció casa y servidumbre y le concedió tres días para que descansara del viaje antes de presentarse a él.  Al cuarto día, sin haberlo oído cantar, le ofreció un palacio y un sueldo mensual de 200 monedas de oro, y 1000 más en cada fiesta canónica, y 500 en San Juan, y otras 500 en año nuevo, y 200 sextarios de cebada y 100 de trigo, y el usufructo de varias alquerías de la campiña cordobesa. Ni en Bagdad, ni siquiera en Bizancio, había habido un músico mejor pagado, y es que Abd al-Rahman sabía que no existía en el mundo una voz como aquella.

Ziryab enseñaba al emir todo lo que no conocía del Oriente abbasí, saberes inmemoriales, o las vanas y necesarias normas de la elegancia. Ziryab no sólo dejó en Córdoba sus melodías, sino que llevó hasta ella el ajedrez, como arcaica alegoría del destino de los emperadores y sus reinos, nos enseñó que los vasos de cristal transparente eran más apropiados para degustar el vino que las copas de oro, y que los platos de un banquete no se probaban en orden aleatorio, sino obedeciendo una gradación ritual que comenzaba con las sopas y entremeses, seguía con los pescados y luego con las carnes y concluía con los postres y las copas de licor (y eso que aún no se había descubierto el café). Además, aprendimos a deleitarnos con el sabor de los espárragos trigueros, que crecían de forma natural en al-Andalus, con los guisos de habas tiernas y con las ensaladas de alcauciles. Arbitró que desde mayo a septiembre convenía vestirse de blanco y que los tejidos oscuros y las pieles debían llevarse sólo en invierno. Instigó los cortes de pelo que dejaran al descubierto los pómulos y la frente, a pulirse las uñas y a usar cremas para limpiar y suavizar la piel. Además, fundó un instituto de belleza y el que se considera el primer conservatorio de música del mundo islámico, que tuvo una influencia considerable en el desarrollo de la música arábigo-andaluza, e introdujo los canto árabes conocidos como nubas.

A Ziryab nunca lo tentó el poder ni quiso formar parte de las intrigas de la corte. En Córdoba, el recuerdo de su Bagdad natal, se fue difuminando y siempre agradeció servir al emir Adb al-Rahman II y no al califa Harun al-Rashid. Algunas costumbres y supersticiones persas que vienieron con él, aún perviven, como el juego del polo, el temor a los antojos de las embarazadas, la certidumbre de que los niños que juegan con fuego  se orinan en la cama y de que ingerir rabos de pasa es bueno para la memoria, el miedo a los espejos rotos y al número 13.

 

“La Historia, como la vida de cualquiera, es una monótona galería de horrores. Lévi-Strauss dice que los hombres fueron felices en el Paleolítico superior: es posible que también lo fueran en Córdoba, en la dorada edad de Abd al-Rahman II.”

(Antonio Muñoz Molina)

 

Mata Hari en 1910

    Margaretha Geertruida Zelle es una de esas mujeres que han pasado a formar parte de nuestro imaginario colectivo. Niña mimada, mentirosa patológica, bailarina atroz, cortesana de lujo o espía de medio pelo, le encantaba ser el centro de atención y sentía una atracción insaciable hacia el poder, los militares y sus uniformes. Más conocida como Mata Hari, nació en Holanda el 7 de Agosto de 1876.

    Su madre era de ascendencia javanesa (Java formaba parte del Imperio Holandés) y murió cuando Margaretha tenía 14 años.

    Su padre, Adam Zelle, era un sombrerero holandés a quien sus vecinos apodaban El Barón, debido a sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. Al morir su esposa, se convirtió en un padre sobreprotector. A los 6 años, matriculó a Margaretha en el colegio más caro de la ciudad y el primer día de clase la presentó en una carroza dorada tirada por dos cabritas blancas ataviadas como para una boda real. Aunque los compañeros se burlaron de ella, descubrió a temprana edad el placer de ser el centro de atención. Cuando ella tenía 13 años, el negocio de su padre se hundió, lo que provocó las disputas conyugales que minaron a su madre hasta la muerte.

    A los 15 años fue enviada junto a sus hermanos a la Escuela Normal de Lyden porque su padre no era capaz de educarlos con sensatez. La mayor parte de sus años en Lyden la pasó huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, Wibrandus Haanstra, quien, a pesar de estar casado, llegó a arrastrarse a sus pies, a lloriquear en público y a escribir horrendas poesías con tal de conseguir sus favores. Con sólo 15 años Margaretha empezaba a forjarse su fama de seductora.

Margaretha y su marido

    A los 19 años respondió al anuncio en el periódico que Rudolph McLeod había publicado buscando esposa. Él era militar y tenía 20 años más que ella. Después de mantener una breve correspondencia se casaron en Ámsterdam. Después de nacer su primera hija, se trasladaron a las Indias Orientales. Estando en Java, su hijo pequeño Norman murió envenenado, se cree que como venganza de la niñera por el maltrato que recibía de Rudolph. De la niñera desequilibrada nunca más se supo. El caso es que esta estancia permitió a Margaretha tomar estrecho contacto con la cultura de este continente.

    De vuelta en Ámsterdam, el militar se dio al alcohol y a la vida mundana. Tras separarse y perder el juicio sobre la custodia de su hija, debido a su libertina vida de Java, Margaretha se marchó a París, amparada por los rasgos orientales heredados de su madre. Desde entonces no se volvió a saber nada sobre Margaretha Geertruida Zelle.

    La literatura romántica de finales del siglo XIX había popularizado una imagen difusa y añorada de la mujer oriental. Aprovechando estas circunstancias, se hizo pasar por una supuesta princesa de Java. “Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swandi, murió a los 14 años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me bautizaron bajo el nombre de Mata Hari, que quiere decir “Pupila de la Aurora”, contaba impávida. Decía que en la pagoda de Siva aprendió los sagrados ritos de la danza. La mentira e imaginación, como salida obligada para superar su penosa situación económica, empezaron a dar sus frutos y a la vista de sus ventajosas consecuencias, pasó a convertirse en algo habitual.

    Con este currículo completamente amañado, unas contorsiones sensuales y un cuerpo prácticamente desnudo (en unas declaraciones explicó que no mostraba los senos porque su ex marido, en un ataque de furia le había arrancado el pezón izquierdo de un mordisco), se dispuso Mata Hari a conquistar el mundo. Durante los primeros años del siglo, Mata Hari bailó en los refugios de soldados y políticos de todo el globo. A medida que pasaba el tiempo, ella fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía.

    Su fama como bailarina crecía, pero ya no era tan joven y, al ir perdiendo sus encantos físicos, empezó a ejercer con más frecuencia de prostituta, amparada por el mito que había creado, para ir manteniendo el mismo nivel de vida.

    En aquellos tiempos, intentó recuperar a su hija, pero fue imposible. Mandó a su ama de llaves, que volvió con las manos vacías tras varias horas de espera a la puerta del colegio donde estudiaba; aquel día su padre fue a recogerla.

    En 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, tuvo la desdicha de encontrarse bailando en Berlín y además, de ser la amante del jefe de policía de la ciudad y también de Kraemer, el cónsul alemán en Ámsterdam y jefe de espionaje de Alemania, quien piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses. Tras regatear sumas extraordinarias, se cerró el trato y Mata Hari pasó  a ser la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstante en sus amores y, tal como había hecho siempre, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble. Ni corta ni perezosa, se ofrece en París al capitán Ladoux, a quien sabe al frente del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés.

    En un momento en que se combate encarnizadamente en todos los frentes, crece la obsesión por la traición y por el espionaje. Los servicios secretos franceses e ingleses sospechan que Mata Hari trabaja para Alemania. En agosto de 1916 la división francesa de contraespionaje, decide ponerla a prueba, confiándole una misión en Holanda. Por un cúmulo de circunstancias, no puede llegar a ese país y se dirige a España, centro del espionaje y del contraespionaje internacional. Allí, por propia iniciativa, llega a intimar con el agregado militar alemán, el capitán Von Kalle. Obtiene de él información sobre las maniobras alemanas, que transmite al servicio secreto francés; pero éstos siguen sospechando de ella, pensando que es una agente doble que trata de hacerles creer que apoya la causa francesa.

    Este temor se confirma al interceptar mensajes codificados, enviados por Von Kalle al Estado Mayor alemán, en los que se informa de las misiones y de los movimientos del agente alemán H-21, que coinciden exactamente con los desplazamientos de Mata Hari. De ahí en adelante, el agente H-21 y Mata Hari son una sola persona para la policía francesa y la bailarina es detenida cuando regresa a París, después de su misión, el 13 de febrero de 1917.

Mata Hari el día en que fue detenida

    Siete meses antes del final de la guerra, fue juzgada en Francia por un consejo de guerra, acusada de espionaje, de ser un agente doble para Alemania y de haber sido la causa de la muerte de miles de soldados. Al principio, Mata Hari niega toda actividad en favor de Alemania y defiende haber hecho contacto con el enemigo sólo para entregar información a Francia. Después, termina por reconocer que su juego es más complejo y que, atraída por el afán de lucro, se dedicaba a entregar información a los alemanes desde el comienzo de la guerra, aunque afirma haberse burlado de ellos, transmitiéndoles sólo información sin valor. A pesar de todo, el consejo de guerra la encuentra culpable y Mata Hari es condenada a muerte.

La ejecución de Mata Hari según la película de George Fitzmaurice de 1931: Mata Hari

    Fue ejecutada por el pelotón de fusilamiento el 15 de octubre de 1917. Ese día, vestida de negro, con un sombrero de ala ancha y botas, momentos antes de que un pelotón de fusilamiento del ejército francés acabara con su vida, la exótica bailarina lanzó un beso de despedida a sus ejecutores. De los 12 soldados que constituían el pelotón de fusilamiento, sólo acertaron 4 disparos, uno de ellos en el corazón que le causó la muerte instantánea. El oficial a cargo, como así se disponía en estos casos, ultimó el acto innecesariamente con un disparo de gracia en la sien. La noticia recorrió el mundo y nadie reclamó su cadáver.

    Su cuerpo, que no fue enterrado, se empleó para el aprendizaje de anatomía de los estudiantes de Medicina, como se hacía con los ajusticiados en aquella época, pero su cabeza, embalsamada, permaneció en el Museo de Criminales de Francia hasta 1958, año en el que fue robada.

    La tesis más extendida sobre Mata Hari es que, aunque reveló algunos datos sobre algunos movimientos militares alemanes y que comunicó al enemigo movimientos de tropas francesas que conocía por la prensa de París, no parece que Mata Hari fuera una espía importante, era más bien una cortesana en aquellos momentos, que aceptó encargos de este tipo para mantener su nivel de vida y poder visitar, en territorio de guerra, a su joven amado herido en combate, un oficial ruso de 23 años del que estaba enamorada. Quienes han estudiado este personaje dicen que en realidad, se tomó esta labor como un juego, no siendo plenamente consciente del riesgo.

    Mata Hari aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo se acostaba con ellos por placer, no para sacarles información. Es muy probable que esta fuera la única verdad que dijo en su vida. El tribunal francés la acusó de alta traición y la condenó a muerte sin pruebas concluyentes, en parte para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes, como un chivo expiatorio ante la opinión pública por los fracasos de Francia en el frente de guerra.

    Mata Hari, muerta a los 41 años en 1917, sigue siendo un personaje de leyenda. A pesar de la distancia en el tiempo, pocos son los acercamientos a su persona que dibujan claramente lo que, al parecer, era en realidad una mujer que estaba dispuesta a todo para poder seguir viviendo en el lujo.

  Michelangelo Buonarroti decía de sí mismo, en tono jocoso, que había mamado el amor por las piedras junto con la leche materna, porque Francesca, su madre, que tendría unos diecinueve años cuando le dio a luz, entregó a su hijo recién nacido a una robusta nodriza para que lo criase, a una campesina que era esposa de un picapedrero.

  Miguel Ángel, ese hijo del Renacimiento que jamás se subordinó al Renacimiento, sino que se creó su propio universo ultramundano, todo un cosmos de éxtais creador, formado por elementos de la antigüedad, del neoplatonismo y de la fantasía desbordante de Dante.

  Fue un ser que careció de amor, a quien la vida golpeó con crueldad, sobre todo después de la muerte prematura de su joven madre, y a quien su padre, Ludovico di Buonarroti, un corregidor provinciano que no conocía el sosiego, sólo envió a la escuela de mala gana, y a disgusto le hizo aprender un oficio. Esto último due con los hermanos Domenico y David Ghirlandaio, maestros eminentísimos de la ciudad de Florencia. De carácter taciturno y huraño, jamás logró superar la falta de cariño que suspuso para él la muerte de la madre, por lo que las mujeres se le antojaron siempre diosas y santas. Monástico como un fraile, así vivió Miguel Ángel durante toda su vida, no por un imperativo moral, por supuesto, sino más bien por devoción vocacional, impulsado por un sentimiento de amor sublimado, en el que su figura ideal era la Beatriz de Dante, y así fue creando prototipos juveniles y maternales como los de la Piedad, matronas y sibilas de una delicadeza inusitada. El pasado, su propio pasado y el de sus antepasados, revestía para él una gran importancia, es más, hasta daba muestras de un orgullo aristocrático, y puede decirse que en la mayoría de sus representaciona masculinas se advierten claramente las visiones paternas.

  Miguel Ángel tenía catorce años de edad cuando cambió el lápiz y el pincel por el cincel y el martillo, para gran regocijo de Lorenzo de Médici, el poderoso gobernante de Florencia que acogió al joven bajo su protección. En algún momento de aquellos años de juventud sucedió lo imprevisible, algo que marcaría para siempre su vida: en el curso de una disputa, su compañero Torrigliani le dio un puñetazo en el rostro y le destrozó el cartílago nasal, dejándole una perenne seña visible. Desde aquel día su rostro quedó deformado. Aparte del dolor corporal, ¡cuál no sería el sufrimiento que ese suceso habría de ocasionar en un adorador de la belleza como era Michelangelo Buonarroti!

  Miguel Ángel fue toda su vida un autodidacta, aprendió de cuanto le rodeaba, admiró las esculturas de la antigüedad en los jardines de los Médici y se recreó en las obras de Donatello y Ghiberti, de quien dijo que con su arte había abierto de par en par las puertas del Paraíso; de Ghirlandaio, el maestro, se fue separando cada vez más. Perdidas están sus primeras obras como escultor, pero mundialmente famosa se hizo su Piedad, la escultura de una joven madonna que sostiene en su regazo el cadáver de Jesús, en encargo del cardenal de San Diogini, con la belleza de una divinidad griega, tallado en mármol de Carrara y cincelado con una filigrana tan delicada, que parece salida de las manos de un orfebre.

  Cuando le echaron en cara la radiante belleza juvenil de aquella virgen -de la misma edad hay que imaginarse a la madre de Miguel Ángel a la hora de su muerte-, respondió el artista que una mujer casta no envejece, pues conserva por más tiempo su lozanía que aquella que no lo es; cuánto ás bella y lozana tendría que ser entonces una virgen que no tuvo jamás el mínimo pensamiento pecaminoso. De ahí que no debería ser motivo de asombro el hecho de que hubiese representado a la Santísima Virgen, madre de Jesucristo, mucho más joven que a su propio hijo, aun cuando en la realidad fuese precisamente al revés, si es que se tenía en cuenta el envejecimiento normal de las personas.

  Aquel artista de ventididós años se sentía orgulloso de su obra y grabó allí su firma para la posteridad, por primera y única vez en su vida.

         

  Miguel Ángel trabajaba más de escultor que de pintor. Tres medallones con retratos de vírgenes son el escaso resultado pictórico de aquellos años. No sabemos si le atemorizaba la supremacía de Leonardo, de Perugio y de Rafael, pero nada tuvo de extraño el hecho de que el papa Julio II llamase repetidas veces a Miguel Ángel para que fuese a Roma y pusiese a su servicio sus artes de escultor. El papa Julio II era más guerrero que pastor de almas, más político que sacerdote, más violento que dulce y también algo que no concuerda en modo alguno con la imagen de ese hombre: amaba el arte tanto como la espada y admiraba las obras de los grandes artistas, y uno de ellos hizo que el papa Julio se fijse en el joven florentino. Sin saber exactamente el porqué, mandó enviar cien escudos a Miguel Ángel en calidad de gastos para el viaje, con el objeto de poder conocerlo, y mucho después se le ocurrió la idea de la tumba, de erigirse un monumento en la tribuna de la iglesia de San Pedro.

  Pero la colaboración entre el papa y Miguel Ángel se convirtió en un auténtico calvario, pues la indiferencia del sumo pastor y la tozudez del artista se equilibraban, hasta que las diferencias llegaron a su punto culminante cuando Miguel Ángel proclamó a los cuatro vientos que si seguí por más tiempo en Roma, tendría que erigir al final su propia tumba y no la del anciano papa, por lo que se alejó de la ciudad santa  carcomido por la ira.

  El artista se había visto abligado a contraer deudas para pagar los bloques de mármol y los jornales de ls obreros, lo que hizo que Condovici, uno de sus discípulos, hablase años más tarde de “la tragedia de la tumba”, y el mismo Miguel Ángel condenaba aquel caso de la siguiente manera: Si de niño hubiese aprendido a fabricar cerillas de fósforo en vez de dedicarme al arte, no me encontraría ahora sumido en tal desesperación.

  El papa, por su parte, se desató también en improperios, dijo que no le eran desconocidos los malos modales de que hacía gala la gente de esa calaña, pero que en cuanto sus asuntos le permitiesen regresar a Roma, aquel deslenguado tendría que pagárselas muy caras, así que los florentinos tuvieron motivos suficientes para temer que el papa pudiese desencadenar una nueva guerra por culpa de su escultor fugitivo.

  Miguel Ángel estuvo pensando entonces con toda seriedad en la posibilidad de huir a Constantinopla para ir a terminar allí sus días bajo la protección del sultán. Trabajo en aquella ciudad había más que suficiente, pues, entre otras cosas, el sultán tenía el proyecto de construir un puente sobre el Cuerno de Oro para unir los barrios de Gálata y Perama.

  Finalmente, se llegó a un compromiso para encontrarse a mitad de camino, por lo que el papa y Miguel Ángel se reunieron en Bolonia, ciudad que Julio II acababa de conquistar con un ejército compuesto por quinientos caballeros. Su santidad le dio allí el encargo de esculpir una estatua en bronce de cuatro metros de alto, que no pudo ser acabada sino hasta la segunda fundición y de la que lo único que sabemos es que fue destruída tres años después por la familia gobernante, los Bentivogli, cuando estos volvieron del exilio. Los restos de aquella estatua fueron utilizados para forjar el tubo de un cañón.

  A su regreso a Roma, el florentino prosiguió sus trabajos en el monumento mortuorio, pero el papa Julio II trató de apartar al artista de esa tarea. De las cuarenta esculturas que contaba el proyecto original, Miguel Ángel logró terminar a duras penas el Moisés; los bloques de mármol que Miguel Ángel había almacenado detrás de la basílica de San Pedro, donde él mismo vivía, fueron robados, y buen día el santo padre sorprendió al escultor con el encargo de pintar el techo de la Capilla Sixtina, una obra mandada construir por su tío, el papa Sixto IV, hombre depravado entre los depravados, y que él mismo había inaugurado solamente hacía unos veinticinco años. Miguel Ángel no quiso aceptar ese encargo, pero al final no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer.

  Ya sobre el proyecto definitivo, se enzarzaron los dos de nuevo en una agria disputa, y dice mucho sobre la inflexibilidad y la dureza de Miguel Ángel el hecho de que el papa tuviese que rendirse al fin, extenuado por la discusión, y permitiese al florentino que hiciese y deshiciese según su buen criterio, siempre y cuando se dedicase a pintar. Miguel Ángel se decidió por la historia de la Creación y de los orígenes de la Humanidad… pero ¡de qué modo tan extraño y caprichoso!