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Una pequeña confesión:

Respecto al post anterior “Un poco de teatro”, tengo que decir, ya que nadie se da cuenta, que Leo Davis es un personaje de ficción, que Salve y usted lo pase bien no es una obra de teatro de verdad y que Groucho Marx interpretaba al productor Gordon Miller en la película El hotel de los líos. Así, Chico Marx era Harry Binelli, Harpo Marx hacía de Faker Englund y Frank Albertson era nuestro querido autor, Leo Davis.

En resumen, que en parte me lo inventé. Cogí una trama secundaria de una película y la desarrollé como si fuera verdad.

Espero que lo volváis a leer desde este nuevo punto de vista. Y si además os animáis a ver la película, mucho mejor. Aquí os dejo la ficha:

TÍTULO ORIGINAL Room Service
AÑO
1938
DURACIÓN
78 min.
PAÍS
DIRECTOR William A. Seiter
GUIÓN Morrie Ryskind
MÚSICA Roy Webb
FOTOGRAFÍA J. Roy Hunt (B&W)
REPARTO The Marx Brothers, Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Frank Albertson, Ann Miller, Lucille Ball, Donald MacBride, Cliff Dunstan
PRODUCTORA RKO Radio Pictures
GÉNERO Comedia
SINOPSIS Gordon Miller, un productor de teatro de tres al cuarto, quiere estrenar la obra de un joven autor novel. Pero necesita que aparezca algún capitalista que financie la obra antes de iniciar los preparativos de la función, Miller se ha instalado, con los 22 miembros de su compañía, en el hotel que regenta su cuñado. Cuando ya debe una pequeña fortuna al hotel, un inspector descubre su situación y decide desalojarlo. Pero Miller, con la complicidad de sus fieles Harry Binelli y el mudo Faker Englund, se las ingeniará para permanecer en el cada vez más agitado hotel y conseguir levantar el telón.

Hoy dedicaré este espacio a hablar de uno de los más enigmáticos autores teatrales del siglo pasado: LEO DAVIS y su obra Salve y usted lo pase bien.

Davis nació en fecha desconocida en el Condado de Oswego, al noreste del estado de Nueva York, hogar del H. Lee White Marine Museum, sede actual del remolcador Nash, uno de los buques del ejército de EE.UU. que participó en el Desembarco de Normandía y está considerado Monumento Histórico Nacional.

De padre desconocido, se decía que la madre de Davis era la mejor cocinera de Oswego. Poco o nada se sabe de su infancia, solo que perteneció a la “Orden de los valientes” en la escuela.

Leo Davis salió de Oswego en 1938, movido por la noticia de la inminente representación de su primera y única obra conocida, Salve y usted lo pase bien, cuyo título original es Hail and farewell.

Se enamoró perdidamente de Hilda Many, sobrina de su profesor de piano, Oscar Many. Curiosamente, conoció a Hilda en el White Way Hotel, en cuyo teatro iba a representarse Salve y usted lo pase bien. Se casó con ella a la salida del estreno.

Hablemos un poco sobre esta obra maestra del teatro universal. Es de sobra conocido su mensaje sobre el valor del sacrifico humano y célebres las palabras del padre en el último acto:

 “Pensad que por algo batallaron Lincoln y Washington y, a pesar de que yo os hable con acento extranjero, os estoy hablando por una América mucho más libre y poderosa. Os aseguro que nada habríamos logrado de no ser por el sacrificio de mi hijo y compañero nuestro, que ha dado su vida porque lo logremos. Traed su cadáver y rindamos nuestro último tributo al héroe”.

 Una famosa anécdota habla de que hubo que reescribir el papel del padre por un cambio de última hora en el reparto. Se desconoce quién iba a interpretarlo originalmente, pero es de dominio popular que finalmente el padre fue interpretado por el gran Sasha Smirnoff, cuyo debut como Tío Vania en el Teatro del Arte de Moscú se ganó el cariño tanto del público como de la crítica. A pesar de que Smirnoff llevaba poco tiempo en los Estados Unidos y que aún no había conseguido disimular su fuerte acento ruso, volvió a conseguir el aplauso y la admiración de todos, dando lugar a su más que conocida e imparable carrera.

Otra promesa debutó en Salve y usted lo pase bien. Como actriz principal se eligió a una jovencísima Christine Marlow. Esta oportunidad le llegó de manos del productor Gordon Miller, quien se había encaprichado de ella. Se conocieron en el despacho del empresario y también productor teatral Freemond, de quien Christine era secretaria. Se sabe que Miller y Freemond vivían una abierta rivalidad.

También participó en esta obra un actor desgraciadamente más conocido por sus anuncios de cereales y sus deudas de juego que por su capacidad interpretativa: Faker Englund. Interpretaba al hijo de Sasha Smirnoff, y la crítica dijo de él que su momento estelar fue cuando los demás mineros le sacan muerto de la mina en una camilla. Así acabó el pobre.

El reparto en total contaba con veintidós actores, sin duda un gran despliegue.

Los que le conocieron decían de Leo Davis que hablaba como los personajes de su obra. De carácter apasionado, era capaz de todo por su amor, Hilda, y cuando se ruborizaba, hasta el pelo se le volvía de color rojo. Las malas lenguas dicen que su obra estuvo a punto de no estrenarse por una deuda de 1200$ que generó en el White Way Hotel, donde además de él, se alojaban los veintidós actores de la compañía, el productor Gordon Miller y el tesorero de la compañía Harry Binelli. Pero si hablan con el gerente de este hotel, les contará que el rumor es totalmente falso y les enseñará gustoso la habitación 920, donde Davis se alojó y que se conserva intacta. Sinceramente, creo que es más un intento de aumentar los ingresos económicos de un hotel decadente que de limpiar la imagen de Leo Davis.

Para este artículo, mis investigaciones me llevaron a los libros de cuentas de la empresa Quien porfía cobra algún día, dedicada al cobro de morosos, en los que aparece nuestro autor con una deuda de 40$ por una máquina de escribir. Además, se conservan unas notas del cobrador en las que constata que Davis nunca llegó a pagar esta deuda y que además estaba loco, que alguien le dijo que se escapó de Oswego y rompió todo su dinero, por lo que fue ingresado primero en una maternidad y después en un hospital militar. Pero sabemos que esto no fue así, ya que el día del estreno de Salve y usted lo pase bien, Davis se encontraba en un palco del teatro.

Como con casi todas las cosas fascinantes de las que apenas se sabe nada, nacieron leyendas en torno a la vida y la muerte de Leo Davis. Se cuenta que murió durante el estreno por beberse una botella de veneno. Solo que no fue él quien murió en el teatro, sino un tal Gregory Wagner, justo al terminar la función. También se dice que el magnate californiano Zaccari Fisk estuvo a punto de financiar la obra, pero retiró el capital en el último momento.

Con tanto lío, no se sabe quién pagó los gastos de la producción, pero sí que la función salió adelante y que fue el gran éxito que todos conocemos.

Como no podía ser de otra manera, sólo me queda decir: SALVE Y USTEDES LO PASEN BIEN.

Sin título

Publicado: 23 febrero, 2011 en Relatos, Sin categoría

Ayer volvía a casa en el metro y me senté al lado de una chica con un pelo a lo afro espectacular(“Existían varios ejemplos de ese tipo en las colecciones de los Médicis, al menos en 1471, y probablemente antes“). Iba hablando por los auriculares del móvil y, claro, me puse a cotillear, ya que mi lectura no me inspiraba demasiado. (“Alrededor de 1460, comienza a generalizarse el esquema de Plotino de las `virtudes´”).  Hablaba con un tal Iñigo, al que preguntaba que si quería tener hijos con ella y después le decía que era una tontería porque ella no podía tener hijos, que dejara de hablar y pensar en ello. (“Hay ahí una influencia evidente de la especulación neoplatónica sobre el arte florentino”).  Un poco raro, pero me pareció más raro que ella le felicitara después porque él se había ido a vivir con una tal Wanda, lo que inevitablemente me hizo acordarme de la peli de John Cleese y mi mente me proyectó la imagen de un pez con una boca enorme echando burbujas en una pecera… (“Capítulo II: Los medallones del palacio de los Médicis y la Cornalina de Cosme“). Después nuestra chica afro empezó a decirle al tal Iñigo que no conocía a nadie que se hubiera curado de esa enfermedad y que ella no se tomaba las pastillas porque le parecía una tontería (“Algunos años después del trabajo de Ghiberti, Donatello restauraba para Cosme `un Marsias antiguo de mármol blanco´”). Yo intentaba centrarme en la lectura, pero no había manera, mi lado cotilla estaba venciendo la batalla. El final fue un poco decepcionante porque él debió de decir algo, ella pareció mosquearse y le dijo que ya hablarían en otro momento y colgó. Se bajó en la parada siguiente. Otra chica ocupó su lugar. (“Es lo que ocurre, particularmente, en el círculo de artistas que ha comprendido y valorado mejor la significación del tema, el taller de Perugino“). Esta no hablaba, pero llevaba también auriculares. Iba escuchando música y haciendo que las siete personas que estábamos a su alrededor también la escucháramos. Por fin llego a Oporto y salgo del tren. Voy por las escaleras mecánicas y comienza a escucharse esa familiar guitarra. Ese tipo que está por las tardes tocando en el vestíbulo de la línea 6 en la estación de Oporto. El que ponía carteles graciosos en la funda de la guitarra. Esos carteles que evitabas leer si ibas solo para no descojonarte, aunque la tentación siempre vencía y acababas leyéndolos y muerto de la risa mientras subías las escaleras. Bueno, pues ya no pone carteles. Ahora tiene dos cd’s de él mismo, lo que resulta forzosamente mucho menos cómico.  Así que pasé por delante sin pena ni gloria, sólo pensando en lo extraño que me resultaba que no estuviera tocando el Romance anónimo, ya que siempre que paso por ahí está tocando esa canción (salvo el lunes que tocaba Cumpleaños feliz). Repentinamente, le oigo gritar: “¡Ole la cultura china; chino de los cojones!”. Y esto me llevó a recordar mi teoría sobre las bolsas para cacas de perros y la conquista del mundo por los chinos, teoría que ya contaré otro día y que, unas horas después, y sin poder sospecharlo, se me vino abajo sacando al perro. Tal como vino, se fue. ¡Cómo un simple detalle tira por el suelo toda una teoría!

P.D. Por si alguien siente curiosidad, el libro que iba leyendo es: Arte y humanismo en Florencia en tiempos de Lorenzo el Magnífico, de André Chastel.

Cuento Final

Publicado: 1 abril, 2007 en Relatos
Aquí tenéis por fin el desenlace, espero que os guste.

– ¡Moveos! Más adelante veo un cobertizo, nos refugiaremos allí.

 

Pero la distancia que les separaba de la instalación era demasiado extensa y Papá Noel alcanzó a Humberto en el trayecto. Este, en una secreción excesiva de adrenalina, se alzó sobre su depredador asestándole un mordisco en la yugular al grito de:

 

– ¡Quiero tu sangre! En nombre de Su Santidad, ¡vete al infierno! ¡Te voy a comer todo el buyuyu!

 

Este acto de heroísmo les proporcionó el tiempo suficiente para alcanzar su meta e hirió el orgullo del afable Papá Noel. Nada más entrar Humberto, el chico listo, Rufus cerró con impaciencia la puerta del cobertizo de un estruendoso portazo. Se encontraban en el interior de una tosca estructura levantada en madera. Aparentemente el lugar no había sido visitado en algún tiempo, prueba de ello eran las numerosas telas de araña y la espesa capa de polvo que cubría todos los rincones. El cobertizo estaba compuesto por una sola habitación y estaba repleto de todo tipo de herramientas que, probablemente, el amable Papá Noel habría desechado hacía ya tiempo. El siempre elocuente Ruperto, chico guapo, se asomó por la única ventana del lugar y no encontró rastro del generoso Papá Noel. Los tres monjes Arribistas Judeo-Masónicos comenzaron a inspeccionar el lugar en busca de algún arma de fuego, explosivo o cualquier artefacto de hacer pupa. Estaban dispuestos a mandar al garete a la logia y al pringao del Reverendo con tal de salir con vida de allí.

De improviso, nuestros héroes detuvieron sus actividades y escudriñaron atentamente los sonidos que les rodeaban… no estaban seguros de si lo que habían sentido era real o producto de sus macabras mentes:

 

– ¡Kathoom!- Esta vez se escuchó más claramente. Humberto, el chico listo, llamó la atención de sus compañeros y señaló directamente a un recipiente lleno de líquido:

– ¡Kathoom!- el líquido se estremeció.

– ¡Kathoom!- el recipiente cayó al suelo desperdigándose el líquido en todas direcciones…

 

El grupo se dirigió a la ventana y lo que vieron les quitó el habla. Una kilométrica masa verde de enanos visiblemente cabreados se acercaba hacia ellos, caminando al unísono y dirigidos por un opulento y carismático Papá Noel, que montaba orgulloso un lustroso reno de dientes de sable y nariz brillante, y cabalgaba de un lado a otro del ejército enano dando un convincente discurso a sus verdosas tropas.

Por supuesto, se encontraban a demasiada distancia como para escuchar con claridad sus palabras…

 

– … 105, 106, 107, 108, 109. Son ciento nueve contra tres. ¿Pedimos algunos refuerzos?- dijo Rufus, la chica fornida.

– ¡Nah! No sería tan divertido…- contestó el elocuente Ruperto.

– ¿Y a quién pediríamos refuerzos, inútiles?- les replicó Humberto, el chico listo.

– ¿Lleváis bazooka?- preguntó Rufus, la chica fornida. La respuesta fue negativa.- ¿Misiles antitanque?- Los dos monjes negaron con la cabeza. El elocuente Ruperto, el chico guapo, hurgó en el interior de su bolsa de viaje y comentó:

– ¿Te sirve una bomba de fragmentación?…

 

Momentos después, una hueste de enanos corría, armas en mano, hacia el refugio de sus enemigos mostrando grotescas muecas de furia en sus rostros. De pronto, la puerta del cobertizo cayó al suelo levantando una enorme polvareda. Los andrajosos enanos detuvieron en seco su carrera y observaron durante tensos segundos hasta que el polvo se disipó. La silueta de tres figuras humanas comenzó a dibujarse tras el umbral de la puerta. Los haraposos enanos quedaron atónitos ante aquella fantasmagórica visión: el elocuente y guapo Ruperto fingía un ataque de epilepsia para poder atravesar las tropas enanas y acabar así con el complaciente Papá Noel. Las fauces de Ruperto rebosaban blanquecina espuma que, junto con los continuos espasmos musculares que sufría por todo su cuerpo, daban como resultado una interpretación muy convincente. Mientras tanto, Humberto, el chico listo, y Rufus, la chica fornida, proporcionaban cobertura con sus certeros disparos. Los enanos estaban idiotizados ante tan macabra visión y no ofrecían ninguna resistencia a las agresiones de sus antagonistas.

En ese momento, el elocuente Ruperto (chico guapo), aprovechó la propicia ocasión para trepar por las encorvadas gibas de los numerosos enanos y salir así del cobertizo, topándose de morros con la monumental barriga de un megalómano y a la vez enfurecido Papá Noel. Aquella descomunal panza, que haría temblar al más valiente de los valientes, entorpeció enormemente la visión de nuestro chico guapo, pero no le impidió hacer aplomo de su estúpida valentía,  y logró encajarle entre su espesa barba la bomba de fragmentación que acabó trágica y terriblemente con la vida del idolatrado Papá Noel. Nuestros héroes salieron del cobertizo junto con los enanos que quedaron absortos y, a la vez, felices, ya que sus días de explotación laboral habían llegado a su fin.

 

– ¿Está muerto?- preguntó Rufus.

– ¿Es grave?- dijo Ruperto.

– ¿Qué si es grave? La última vez que vi una cara con este aspecto fue en el escaparate de una pescadería- le contestó Humberto, el chico listo, cuando acabó de examinar el cadáver.

– ¡Resucita, idota, resucita! ¿Quieres dinero? ¿Es eso lo que quieres?- gritó una preocupadísima Rufus por las consecuencias de la ira del Reverendo Pipampumpí cuando se enterara de la enorme metedura de pata que habían cometido matando a Papá Noel.

 

Contrarios a reconocer este grandísimo error ante sus compañeros Arribistas, los tres monjes decidieron comenzar una nueva vida al amparo que ofrece la clandestinidad y decidieron sustituir por triplicado al muerto Papá Noel, haciéndose llamar Los Tres Reyes Magos del Polo Norte, grupo de elite constituido por: Melchor, alias Humberto, chico listo; Gaspar, alias el elocuente Ruperto, chico guapo; y, como todo buen icono navideño que se precie, Alberto (Rufus, la chica fornida), pasó a ser Baltasar, el chico moreno.

Hasta la próxima!

Cuento 2ª parte

Publicado: 26 marzo, 2007 en Relatos
Habíamos dejado a nuestros héroes recién llegados al Polo Norte. La historia continua:

En este gélido paisaje en el que el frío y la nieve lo cubrían todo, se encontraban nuestros héroes llevando a cabo especulaciones sobre amarillentos planos del taller del contento Papá Noel que se extendían sobre el suelo, que les servía de mesa improvisada. El frío comenzó a palidecer sus jetas y a amoratar sus labios. Finalmente, al elocuente Ruperto, el chico guapo, se le presentó lo que podría llegar  a ser el principio de un plan y tomó la palabra:

 

– Fácil, entro vestido de negro y con gafas de sol, me lío a tiros como en Matrix en el hall, desconecto las defensas, bombardeáis y me largo en un plis plas…

– No puedes hacer eso… – se apresuró a comentar Humberto, el chico listo.

 

El elocuente Ruperto preguntó con nerviosismo el por qué de tal manifestación, a lo que Humberto contestó con aires de superioridad:

 

– Porque estamos en 1995. Matrix todavía no se ha estrenado.

 

Rufus, la chica fornida, que escuchó perpleja esta decadente conversación, optó por dar un relajante paseo y buscar un apacible árbol en el que poder ahorcarse en paz. Pero, para su desgracia, en el Polo Norte no había árboles, aunque tropezó con lo que parecía ser un respiradero subterráneo que servía de entrada al taller del sonriente Papá Noel. Tan pronto como se dio cuenta de que no había forma humana de suicidarse en ese conducto de ventilación, se apresuró a informar a sus compañeros del hallazgo.

En cuestión de segundos estaban todos preparados para la primera incursión en territorio hostil. Sabían que probablemente no sobrevivirían, pues tenían constancia de las atrocidades que solía cometer el dulce Papá Noel con los intrusos. A pesar de esto, respiraron el aire fresco del exterior, se armaron de valor y se adentraron en el estrecho recoveco.

El ambiente dentro de aquella claustrofóbica galería escarbada en roca era putrefacto y el aire irrespirable. Mientras se iban adentrando en el conducto, la reducida luz de la abertura del paso subterráneo se extinguió. La oscuridad y el desaliento parecían dominarlo todo mientras se arrastraban por pasajes de tan luctuoso aspecto. Era como si los segundos se convirtieran en horas. Y estas se tornaban grises y oscuras cual alma torturada por un pasado corrupto. La voz de Rufus rompió el espectral silencio:

 

– ¿Habéis sincronizado vuestros relojes? ¿Y la munición?

– Seamos realistas, esto no puede funcionar. Y no quiero parecer pesimista, pero creo que vamos a morir antes de ver publicado este cuento.- Observó Humberto con voz temblorosa.

– No se ve nada.- Dijo Ruperto jactándose de su elocuencia.

– Al menos yo no necesito ver para orientarme… ¡OUCH!- Gimió Humberto, el chico listo- Ahí va la muela buena… Hemos llegado.

– Perímetro asegurado, todo el mundo abajo. Pasad a infrarrojos, nenes.- Ordenó Rufus.

– Un momento, ¿quién ha encendido la luz?- Habló un sorprendido y elocuente Ruperto.

 

En aquel instante, las luces se encendieron y revelaron una nave industrial de vastas dimensiones repleta de cadenas de montaje que funcionaban automáticamente y ensamblaban todo tipo de juguetes. También era de destacar la presencia de una variada remesa de abundantes enanos verdes que miraban con el ceño fruncido a los intrusos y presididos por el feliz Papá Noel, quien adoptó una postura similar al darse cuenta más tarde que ellos de la presencia de nuestros héroes.

En esto, al elocuente Ruperto no se le ocurrió otra cosa que decir:

 

– ¿Les disparo estilo mafia o tipo pelotón de ejecución?

 

Cuestión que dejó perplejos a sus compañeros y enfureció a los enanos, que se abalanzaron sobre ellos con perversas intenciones. Lo único que se atrevió a pronunciar Rufus, la chica fornida, fue:

 

– Por suerte siempre llevo encima mis quince kilitos de dinamita.

 

Segundos más tarde, una explosión barría el lugar de feos enanos y los intercambiaba por pegajosas manchas verdes que cubrían las paredes. El felizote Papá Noel sacudió el polvo a su traje escarlata, se colocó cuidadosamente sus Ray- Ban oscuras y dijo desafiante:

 

– Se acabó el carbón, nenes.- Acto seguido, desenfundó dos ametralladoras de asalto, cada una en un brazo y abrió fuego sobre nuestros héroes, que no tardaron en responder a sus agresiones de forma disuasoria.

 

La estancia se inundó de metralla, la situación era insostenible:

 

– ¡Estamos recibiendo a base de bien!- Exclamó Rufus mientras vaciaba el cargador de sendas armas sobre el contentillo Papá Noel, sin causarle ningún daño aparente.

– ¡Venid conmigo si no queréis acabar convertidos en pettit-suis.- Apresuróse a decir Humberto, el chico listo, mientras saltaba sobre algunos escombros en dirección al umbral de la puerta.

 

Los monjes salieron al exterior. Fuera hacía frío y las altas nieves retrasaban su avance. Detrás de ellos se oía el rumor de unas grandes botas, pero no miraban hacia atrás, estaban demasiado asustados. Tan solo Rufus, la chica fornida, fijando la vista hacia un punto del horizonte, fue capaz de pronunciar unas palabras:

 

– ¡Moveos! Más adelante veo un cobertizo, nos refugiaremos allí.
No os perdáis la tercera y última parte.

Cuento 1ª parte

Publicado: 20 marzo, 2007 en Relatos
BUENAS A TODOS. COMO TENGO ESTO UN POCO PARADO ÚLTIMAMENTE, SE ME HA OCURRIDO COMPARTIR CON VOSOTROS AQUÉL CUENTO QUE ALGUNOS HABÉIS LEÍDO YA Y QUE OTROS IGNORÁBAIS SU EXISTENCIA. EL CUENTO ES SIMPLEMETE UN CUENTO, SU TÍTULO ES “CUENTO” A FALTA DE ALGO MEJOR. LO ESCRIBIMOS MI HERMANO Y YO HACE YA UNOS CUANTOS AÑITOS Y TODO PORQUE A ÉL LE HABÍAN MANDADO EN EL COLE ESCRIBIR UN CUENTO. ASÍ QUE ALLÁ QUE NOS PUSIMOS. A LO MEJOR OS SUENAN ALGUNAS COSAS, NO ES QUE PLAGIEMOS, ES QUE HACEMOS HOMENAJES A LOS GRANDES.
BUENO, Y COMO EL CUENTO YA ESTÁ ESCRITO DESDE HACE MUCHO TIEMPO, ESTA ES UNA FORMA DE DARLE VIDILLA AL BLOG CURRÁNDOMELO LO MENOS POSIBLE, JEJEJE, ES QUE ÚLTIMAMENTE ESTOY ALGO FALTA DE IMAGINACIÓN. YA SE PASARÁ.
AHÍ VA:

Diciembre del año 1995 de la Era del Rock’n’Roll. St. Antonio’s Village es un pueblecito pachanguero y hortera de la costa catalana constituido por un compacto conjunto de pequeñas casas que albergan a unos seiscientos gitanillos y pescadores que no saben pronunciar la “r” ni la “g” correctamente. La población subsiste gracias al turismo sexual que allí se desenvuelve en verano (nadie lo entiende, pero es así). El resto del año se alimentan de alcachofas y pescado hervido.

Pero, lo que es realmente importante del pueblo, es su proximidad al tenebroso convento papal de San Frigildo. Lo cierto es que esta mastodóntica construcción situada a una distancia suficiente como para evitar los ojos curiosos de los lugareños, sirve de tapadera a la logia secreta de los “Arribistas Judeo-Masónicos”, una peña de amiguetes que se reúne el tercer jueves de cada mes para jugar al mus, planear la conquista del mundo y regentar su propio centro de manufacturación de repostería y bollería clandestino.

   Se encontraban los monjes en sus quehaceres matutinos cuando fueron sorprendidos por el ensordecedor lamento de un alma errante:

– ¡Cagüenlaleche!

 

Era El Reverendo Pipampumpí, un ente místicoeclesiástico encargado de la dirección del extravagante centro, utilizando del P.E.N.E. (Protocolo Especial de Naturaleza Enigmática), un complejo sistema de comunicaciones secreto conocido tan solo por los miembros de la organización. El mensaje iba dirigido a toda la congregación y decretaba una reunión urgente en la “Sala del Peligro”, lugar donde debatían interminablemente sus planes y jugaban al futbolín hasta altas horas de la madrugada.

Los hermanos corrían ansiosos por los vastos pasillos del sagrado convento, practicando su rito más ancestral, el Julepe, que consistía en estrellarse los unos con los otros generando una orgía de duros golpes, túnicas manchadas de roja sangre, macabras mutilaciones y otras muchas manifestaciones violentas de mala leche e incorruptible descortesía. Finalmente, tres monjes de los trescientos que residían en el monasterio acudieron presurosos a la cita. La Sala del Peligro, situada en el centro de la edificación, era la habitación más reverenciada del conjunto eclesiástico debido, seguramente, a la voluptuosidad de sus gigantescas columnas que no parecían tener fin, pero que remataban en un techo engalanado con coloridas escenas de criaturas épicas que jamás llegaron a existir en este mundo. El Reverendo Pipampumpí comenzó su discurso:

– Hermanos, nuestra situación es crítica a causa del gran número de bajas que produce la realización del Julepe.

>>Como sabréis, una vez al año se lleva a cabo una celebración a escala mundial llamada “Navidad”, la fiesta que rememora el nacimiento del alegre Papá Noel. Nuestro disparatado plan consistirá en reunir una unidad bien organizada de nuestros mejores hombres para secuestrar al feliz Papá Noel y así averiguar qué niños son lo bastante malos como para formar parte de nuestra sagrada logia. – dijo emocionado el Reverendo mientras se secaba las gotas de sudor que recorrían cada una de las rematadas arrugas de su envejecido rostro. – Ahora, que todos los que nos sirven, atiendan: ¡no nos detendremos ante nada para alcanzar nuestro objetivo final, la conquista y dominación del mundo! Y una vez el mundo sea nuestro, obtendremos poder más allá de nuestros sueños más locos. Pues nuestro destino es gobernar. ¡Lo conquistaremos todo! Y por último, que sepáis que si digo todas estas cosas tan sumamente ridículas es porque quiero ser el malo de esta historia. Y ahora, si me disculpan, voy a picar algo.

– ¿Y tiene usted algún plan?- preguntó muy interesado uno de los muchos monjes que sufría las hemorroides en silencio.

A lo que Pipampumpí contestó:

– Bueno, yo había pensado en unos cuantos tipos duros de dos metros, armados con barras de hierro…

– Pues para ser un asesino, un comunista y un supervillano es bastante majo- cuchicheó uno de los Arribistas Juedo-Masónicos supervivientes.

 

Ante esta épica revelación, los asistentes no pudieron evitar derramar algunas de sus lágrimas más sinceras y, en cuestión de segundos, el enorme salón se inundó con sus aplausos y ovaciones. Los tres se presentaron voluntarios.

 

– ¡Nos presentamos voluntarios los tres! (¿Ves?)

 

El comando estaría constituido por: Humberto, el chico listo, el elocuente Ruperto, el chico guapo y, como en todos los equipos de elite tiene que haber una chica, Alberto tuvo que travestirse y pasó a ser Rufus, la chica fornida.

Pocas horas después ya estaban saliendo por el imponente umbral de la fachada frontal; sólo pensar que tendrían la oportunidad

de dar sus vidas por una causa que creían justa, y sus decadentes mentes se llenaron de orgullo y miedo a partes iguales.

Tenían órdenes de viajar al Polo Norte que, por desgracia, se encontraba a un número incontable de millas náuticas pero, como no sabían de medidas, llegaron enseguida.

Y AQUÍ SE QUEDA LA COSA HASTA EL PRÓXIMO CAPÍTULO. NO PERDÁIS DE VISTA EL FIRMAMENTO.

BESOTES